8 de marzo de 2009

Día internacional de la mujer



Domingo, 8 de marzo, “Día internacional de la mujer”. Al igual que con el “Día del orgullo gay”, no es difícil saber cuánto hará falta aún para que tales conmemoraciones vayan quedando vacías de sentido: varias generaciones. En un reportaje de la televisión sobre las manifestaciones y los actos que han tenido lugar en España, una señora de entre 50 y 60 años dice que, en su opinión, no se ha logrado ni el 50 por ciento (de grado de igualdad, se entiende). Hace unos días fui con unos amigos a Murcia, a una charla-lectura de Luis Eduardo Aute en el Hemiciclo de la Facultad de Letras, parte de las III Jornadas sobre poesía y canción organizadas por la Universidad y la Asociación Murcia Canción de Autor (AMCA). Después, tras un tiempo prudencial para la cena, una velada-homenaje en el bar Zalacaín, en la que varios miembros de la asociación interpretaron temas del artista y uno propio. Todo bastante bien, entretenido y emotivo a ratos, voces de calidad entre regular y bastante buena (mejores en general las de las chicas, tanto por condiciones naturales —color, volumen, timbre, afinación— como por educación vocal) e interpretaciones igualmente desiguales y diversas.
Durante su turno uno de los cantantes introdujo el tema que iba a interpretar con una ocurrencia que me pareció bastante significativa. Contó el chaval (uno de mis amigos hizo una grabación de toda la velada, de la que transcribo) que "el otro día hablaba con un amigo que cuando —con perdón—, cuando te follas a una tipa más de x veces, debería llegarte una carta a casa y avisarte: si te la follas una más, no podrás follarte a otras. Eso [recibir la carta] no pasa y uno al final vuelve a caer..." La verdad es que no sé bien cuál era —en su argumento— el fin último de esa carta, si evitar que la “tipa” en cuestión nos (le) mandara a la mierda o evitar quedarnos (quedarse) colgado de ella y así poder saltar limpiamente a la siguiente de la lista. Tampoco sé si me quedé más pasmado por la naturalidad con la que decía lo de “te la follas” o por la despreocupación con la que la gran mayoría de los asistentes de ambos sexos (incluida su madre, que estaba presente) le aplaudían a rabiar.
Hablando después con los amigos y amigas con los que asistí, uno de ellos —profesor de secundaria— contaba cómo había oído al paso una conversación en la que una alumna decía a sus compañeras que no iba a salir porque no la dejaba su novio. Otra, escritora y madre, comentaba haber reprendido a su hijo adolescente tras escucharle hablar por teléfono con su novia en términos poco “igualitarios” y añadía que, en la siguiente ocasión que la chica apareció por su casa, habló con ella al respecto intentando convencerla de que no debía consentir esas actitudes por parte de él. El caso de la sevillana Marta del Castillo no es excepcional, sino una muestra de actitudes machistas habituales entre los adolescentes de todos los estratos sociales, y no sólo de los más bajos, como algunos quieren creer. Sólo el hecho de haber terminado trágicamente y atraído la atención de los medios de comunicación lo diferencia de miles de casos similares en el mundo de la adolescencia, precisamente la edad en la que se debería prevenir o erradicar mediante la educación (en el más amplio sentido del concepto) ese dañino concepto machista de “pertenencia” de la mujer al varón, incluso más allá de los límites de la propia relación sentimental.
Probablemente sea sólo un detalle, pero nadie puede negar lo que se esconde tras ese “botón de muestra” de la actitud de los hombres hacia las mujeres (y la de las mujeres hacia ellos y hacia sí mismas): es obvio que una sociedad en la que un adolescente prohíbe a su novia (explícita o implícitamente) salir con sus amigas y ella no sólo lo acepta sino que le justifica, una sociedad en la que un hombre joven de clase media y veintipocos años, con formación universitaria, no “folla con”, sino que “se folla a” las “tipas”, y lo expresa con total naturalidad (revistiéndolo de broma o chiste) ante un auditorio de hombres y mujeres de entre diecisiete y sesenta y tantos años sin provocar el más mínimo gesto de rechazo —sino más bien todo lo contrario—, una sociedad así está lejos todavía incluso de ese 50 por ciento que decía la señora antes mencionada.