31 de agosto de 2009

Ramón Gaya en Florencia






Retales de un diario (1956-1963)”, pese a la extrema, telegráfica parquedad a veces, de muchas de sus anotaciones (sobre todo si se las compara con las mucho más elaboradas del anterior “Diario de un pintor” de 1952-53), atesora entre sus páginas auténticos relámpagos de la tan provocadora lucidez de Ramón Gaya, muy asentado ya en sus opiniones sobre la vida, el arte, las personas… El gran observador –y al mismo tiempo inerme ser humano deslumbrado ante toda la grandeza que se ofrece a sus ojos– va dando cuenta en uno y otro libro, si allí meticuloso, detallista, aquí cortante y descuidado; si en aquél maravillado por la fascinación que le produce el descubrimiento, el contacto directo, una tras otra, con las obras de todos sus maestros –viajero de una a otra ciudad, de una a otra estación, de uno a otro país, aprovechando cualquier mínima excusa para poder forjar esos encuentros decisivos con tantos compañeros, hermanos más que padres de su arte–, en éste en cambio, viajero de sí mismo, ya sólo en unas cuantas, muy pocas ocasiones, necesitado de extenderse –en el diálogo consigo mismo que constituyen esas notas– más allá de la simple constatación, breve y concisa, del encuentro, el paseo, o la visita concreta:


          “PARIS, 19 de agosto. 8 tarde, Bergamín.”


El artista exiliado que enramaba su arte entre las lejanas y hermanas gentes del México que a tantos acogió, y en el primer diario daba cuenta precisa y detallada de cada exposición, cada museo y cada cuadro, en sólo algunos años –establecido ya en su querida y germinadora Italia– necesita habitar, vivir, sentir el clima, los paisajes, las calles y las gentes mucho más que escribirlo, aunque perdure la costumbre en él y siga haciendo –más espaciadamente– anotaciones ora de sus encuentros con amigos cercanos o lejanos, ora de la asistencia a exposiciones, conciertos u obras de teatro:


          “PARIS, 8 de diciembre. Macbeth. (La Casares, extraordinaria.)”;

          “MILANO, 29 de diciembre. En la Scala: Prokoffiev. No, este no es el músico que suponía J.R.J.”,


escribe, por ejemplo, en dos anotaciones correspondientes a los últimos días de 1956… Qué lejos de otras mucho más pródigas, como aquella en París del 24 de junio 1952 en la que daba cuenta –a raíz de un reencuentro por sorpresa en casa de unos amigos– de la profunda diferencia entre lo que había sido y lo que para entonces era su relación con Pedro Flores,

          “a quien desde luego debo mucho y quiero mucho, sobre todo en esos años míos de aprendizaje –de 1920 a 1928–, y… nada más, es decir, y basta; basta, porque Flores, ingenuamente, románticamente, muy pueblerina y literariamente deslumbrado por “la escuela de París”, decide por entonces… pertenecer de algún modo y sea como sea, comprometiendo lo que sea, a esa especie de internado, o de… reformatorio, o de hospicio, o de… partido; y yo, menos vulnerable, decido completamente lo contrario: escapar; lo cual, claro es, nos separa para siempre. […] Flores se ha convertido en uno de esos personajes, voluntariamente pintorescos, que van y vienen de la autenticidad a la farsantería sin descanso, sin quedarse jamás en un lugar preciso, fijo, donde poder estar con ellos. Me entristece y me desagrada.”


Qué lejos, en menos de un lustro, aquel pintor-escritor necesitado de explicarse a sí mismo su lugar, de reafirmarse en él, justificarse a sí mismo sus convencimientos y rechazos más profundos, de este otro que el 20 de septiembre de 1957 en París, por ejemplo, anota simplemente:


          “8’30. Cena con Pepe Bergamín. Muy simpático y vivaracho.”


Florencia sin embargo, en una y otra etapa, despierta en él una pasión auténtica que tal vez tenga que ver (aunque no sólo) con los recuerdos que de su amada Murcia natal encuentra siempre en ella; el 28 de mayo de 1956 escribe allí:


          “La habitación del hotel, sobre el Arno. Por la noche, la luna, entre nubes, por encima del Ponte Vecchio. Vuelvo a pensar en Murcia («un no sé qué», una especie de hermosura polvorienta). El amanecer.”


Es la segunda anotación (tras la obligada “Salida de México” del 21 de marzo) del segundo de los conjuntos a que me refería, “Retales de un diario”. Y resulta tan ajustada y hermosa en su laconismo… ¿Qué murciano, caminando por el Lungarno Torrigiani, la orilla meridional del río, desde el Ponte delle Grazie hacia el Vecchio, y viendo asomar al otro lado –sobre la fachada neoclásica del edificio de la Cámara de Comercio– la linterna de la cúpula de Brunelleschi, el paramento superior de la Signoria o su esbelta torre, no ha sentido algo similar…?


Florencia, la misma ciudad que le conquistara cuando llegó en el verano de 1952. De esa visita inicial, entre el 25 y el 31 de julio, dejó constancia por extenso en páginas que siguen pareciéndome tan frescas ahora como cuando las leí por primera vez. Sólo un ejemplo entre los muchos posibles:

           “Hemos correteado, de pasmo en pasmo, todo el día. En Florencia, desde el primer momento, se percibe muy bien su voluntariedad y su laboriosidad magistrales. Estamos en pleno delirio de perfección; aquí todo ha sido llevado a cabo con una mezcla de inspirada osadía y ciencia pura –aunque flexible también–, una ciencia que supiera, en el momento justo, renunciar a su terquedad de ciencia y ceder a una especie de… gracia. El simple trazado de un púlpito, o de una cantoría, o de una cornisa, o de un pedestal, o de un pozo, viene a ser aquí, por una parte, como la imposición de una ley, y por otra, como el dibujo de un capricho, casi de una locura, aunque… armoniosa.”

De nuevo en la ciudad, diez años después de este flechazo, de este verdadero enamoramiento prolijamente detallado, en 1962 tan sólo estas líneas entre otras cuatro también brevísimas anotaciones de los días últimos de octubre:

           “[…] Por la tarde, paseo hasta el Fuerte del Sangallo. ¡Qué maravilla! ¡Las colinas! con todos los verdes posibles. Atardece. Hace frío. La via San Leonardo. El Ponte Vecchio a contraluz, sombrío.”

Entre aquella explosión de contento y desconcierto y esta otra, más cauta y reposada aunque entusiasta, cuántos encuentros y paseos como éste, a lo largo de los años, debieron de tener lugar en sus estadías florentinas por los alrededores tan preñados de naturaleza que parece que quisiera servir de marco allí a la belleza creada por el hombre. Y justo en medio de ese lapso temporal, un apunte también, una rápida anotación cargada de ilusoria y palpable realidad, de atmósfera que casi puede olerse, de la verdad de un clima y un de paisaje, la verdad de una imposible luz que no se olvida, por mucho que hasta la perspectiva nos parezca… ¿irreal? ¿Qué importa…? Todo eso y probablemente mucho más encierra este pequeño pastel de 1957, Firenze desde el Boboli, que me ha proporcionado la ocasión de volver (con él y para él) a las páginas relegadas tanto tiempo de estos dos diarios que también les invito a descubrir o redescubrir ahora.

[Texto para el ciclo
"Los cuadros de las Estaciones" del Museo Ramón Gaya de Murcia. Puede descargarse el díptico editado por el Museo en formato PDF pinchando aquí.]