1 de diciembre de 2010

Perro bajo la lluvia




A veces, queriendo o sin querer, cometemos el tremendo error de pretender que un animal sea y se comporte como nosotros creemos que debe ser y comportarse... A veces, queriendo o sin querer, le enseñamos desde que lo compramos o nos lo dieron, con pocos meses de vida, que la casa era su hogar y su refugio (del calor o del frío, del viento o de la lluvia) y la finca que la rodea el territorio por el que poder moverse con libertad, en otras palabras, le acostumbramos a entrar y salir de casa a la finca y viceversa durante el día libremente, y pasar después la noche dentro, a cubierto.

Pero a veces también, queriendo o sin querer, le tomamos manía por extrañas razones, que casi siempre tienen más que ver con nuestros cambios de humor y nuestros problemas emocionales que con su comportamiento hacia nosotros. Le despreciamos y castigamos cuando —mientras nos ausentábamos para ir a comprar o pasear— le hemos dejado sin darnos cuenta encerrado en la casa y al volver nos encontramos todo hecho ciscos (cojines destripados, cables partidos a mordiscos, madera de sillas y puertas lista para usar en la chimenea...) sin pararnos a pensar que somos nosotros los únicos responsables de ese comportamiento, dictado por su naturaleza claustrofóbica, que era nuestra obligación cerciorarnos de que hubiera salido antes de cerrar la puerta y echar la llave.

Y entonces un buen día, de repente, queriendo o sin querer, decidimos que no, que debe borrar de su cerebro las pautas de comportamiento que le hemos inculcado o permitido durante esos años y aprender en mes y medio otras muy diferentes: que ya no queremos ni le vamos a permitir que entre en casa, y que debe dormir con los demás en la caseta que a tal efecto hemos habilitado en el jardín... Y si los otros perros no le dejan entrar a cobijarse, en vez de preocuparnos de construir un anexo más pequeño a la caseta existente (nada más fácil, el macho dominante no puede ocupar dos casetas a la vez) nos escudamos tras el socorrido qué le vamos a hacer, son cosas de perros, allá se las apañe, y permitimos que tenga que pasar noche tras noche de frío y lluvia fuera, a la intemperie, precisamente cuando empieza uno de los inviernos más fríos y lluviosos que se han visto en mucho tiempo por aquí...

Me jode mucho que los animales sean incapaces de odiarnos por cosas como estas, estoy convencido de que —si supieran o pudieran— nos odiarían, nos abandonarían o, simplemente, se dejarían morir de pena, como hacen los gorriones si se les enjaula...

9 comentarios:

Eastriver dijo...

Ángel, no queda nada por decir. Totalmente de acuerdo. Pero es que además me gusta ese planteamiento: siento yo también que los animales no puedan odiarnos, pero no para dejarse morir, sino para organizarse, como los simios de la película... Y seguramente quienes los queremos lo hacemos porque valoramos enormemente esa forma de pureza.

Juan de Dios García dijo...

Animalico...

inma pelegrin dijo...

Me gustan los perros.
Por casa, desde hace más de diez años, han pasado algunos que, no sé por qué insondable razón, se acercaron suponiendo que encontrarían un plato de comida y como, efectivamente, resultó así, decidieron quedarse a formar parte de mi familia.
Actualmente galopan, más que corretean, tres perros enormes por sus alrededores.
A una de ellos, llamada Simpa (apócope de Simpata), le falta totalmente un brazo, con lo cual podemos decir, con toda propiedad, que el número total de animales, restando a los humanos, es de tres perros con once "patas".
Cuando llego a casa, apresurada por no sé cuantos menesteres y preocupada por otras tantas obligaciones pendientes, apenas me entretengo en pasarles la mano por el lomo (es casi como si no estuviese allí completamente), ellos mueven el rabo y saltan y lo hacen con todo su ser porque, cuando hacen algo, lo hacen de forma exclusiva, en ese exclusivo instante. (Una manera de vivir que podemos llamar plenitud)
Diría, que al contrario que yo, saben diferenciar lo urgente de lo importante.
Es verdad que los perros no odian, y no odian porque no gastan ni un poco de energía en algo innecesario o superfluo.
Jamás he visto a un perro preocupado u ocupado en algo que no sea el presente.

llvllurciana dijo...

Por eso la mía no entra en casa. Como tienes razón en todo lo que dices de que la culpa es nuestra, ella no pagará nuestros errores. Sabe cual es su sitio y en él se queda y, por cierto, ayer mismo estrenó casita. Ahora se la pintaré y se la dejaré bien coqueta :)
Un besazo, Ángel mío!!

carmen dijo...

Inma, qué razón tienes cuando dices que ellos, los perros viven cada caricia con una plenitud que yo a veces envidio. Mi perrilla me demanda afecto inmediato, sin poder demorar un segundo la celebración de reencontrarnos tras mi jornada laboral, lo primero no es rellenar su escudilla ni sacarla a la calle (yo vivo en un piso y la pobre no anda sobrada de vida callejera) lo más importante para ella es esa expresión de amor incondicional que se traduce en saltos, lametones y rasquijos ¡Qué subidón diario! Y pensar que yo siempre dije que jamás entraría un pero en mi casa...hasta que mis niñas la salvaron de la perrera...niños y perros La mejor combinación

ana dijo...

Es cierto, queremos que lleven vida de personas porque viven en una casa, y cuando nos interesa queremos que se comporten como lo que son, tienen el cielo ganado con nosotros.

Un besito. Te acabo de descubrir.

Isabel Martínez Barquero dijo...

El otro día entré y no pude comentarte de la pena que me dio el perrillo de la foto.

Hay cosas que ellos nunca nos harían.

Un beso.

martea dijo...

Vivo con un perro curiosamente parecido al de la foto hace casi doce años, siempre durmió en mi cama, compartimos la vida juntos y juntos estaremos hasta el final, nos amamos y mimamos mutuamente compartir la vida estos años con el me ha llenado de felicidad y bueno a el le veo feliz conmigo y la gente, amigos que a menudo están en casa y pasan por nuestra vida, no puedo comprender la crueldad hacia ellos pero el ser humano es capaz de cualquier cosa,pero también tengo claro que hay mucha gente estupenda que los ama.
Un saludo de Mireia y Darky

hacedor de trampas dijo...

Hace poco tuve yo tambien esta reflexión, porque he tenido una perra durante 15 años, y ha sido como una más de la familia. Pero siempre ha podido ser "una perra", es decir, yo no he intentado hacer que dejara de serlo, y es por eso que había tanta conexión entre nosotras, porque ella me dejaba ser a mi y yo a ella. Es muy importante el hecho de que cada uno sepa dejar al otro ser libre.