1 de febrero de 2011

Mentiras y gordas




Leyendo la nueva entrada del blog de Miguel Salas sobre su recién adquirido Kindle, de entre la nube de etiquetas de la columna lateral salta a mi vista el nombre de Ángeles González-Sinde y, pensando lo peor, acudo de inmediato —click mediante— a ver qué aspecto de la tan denostada ministra trata Miguel. No sé cómo había podido pasárseme esta entrada en su momento, pero me alegro de haberla descubierto aunque sea tan a destiempo (de Kindle a Sinde y tiro porque me toca).


El caso es que cuando vi Mentiras y gordas pensé prácticamente lo mismo que il dottore Salas, aunque no me pareciera tan mal que —entre otras cosas— sea vehículo para el lucimiento de las anatomías (enseñar las carnes —dice él—) de todos los yogurines con club de fans de las series españolas. Esto en sí no sería nada malo si no funcionaran sólo como tales 'yogurines' y sí como actores; pero la dirección de actores (supongo que quiere decir eso, no de autores) debió de seguir la norma —por desgracia tan extendida hoy en cierto cine español— de permitirles una articulación y entonación “naturales”, en lugar de obligarles a vocalizar, a crear una gestualidad y una vocalidad propias del personaje o —lo que viene a ser lo mismo— crear el personaje con una gestualidad y una vocalidad propias y distintas de las de utilizan en su vida diaria. Si alguien ha visto, por poner sólo un ejemplo, a Yon González en algún capítulo de El internado y compara con aquella su actuación en esta película (dentro de las limitaciones interpretativas del actor, que no son pocas) notará mucho la diferencia.


Con todo, lo peor de la película es que el propio guión (obra de los directores y la Sinde-fensa posible canonistra actual) le impide dejar claro desde el principio su adscripción al subgénero de las “coming out movies” y llegar a ser lo que podría haber sido si la historia se hubiera asentado sobre bases más sólidas: los directores han dicho que “necesitábamos que cada uno de los personajes fuera reconocible en su lado más humano, que fueran antihéroes urbanos en busca de su otro yo”, pero para eso hacía falta que estuvieran algo más que esbozados, porque de puro simples casi ni a estereotipos llegan (excepción hecha del protagonista, Tony, al que Mario Casas sí logra dotar de cierta consistencia dramática*, aunque sólo sea por contraste con la árida y envarada prestación como Nico del mencionado Yon González). Es el propio guión el que hace que ya sea tarde cuando el espectador se da cuenta de que la historia que le quieren vender es la de un adolescente enamorado de su mejor amigo (loable empeño: quienes las hemos sufrido sabemos bien lo que a esa edad puede significar una palabra amable, un mínimo gesto de comprensión), una historia de aceptación de la propia identidad sexual que —a esas alturas de la película— termina resultando artificiosa pese a la crudeza con que se muestra el comportamiento al que el despecho y la desesperación terminan llevando a Tony…



Y esto resulta bien extraño (quizá lo que más) para quienes hemos seguido la trayectoria del tándem Albacete/Menkes desde la lejana pero aún fresquísima Más que amor frenesí, escrita también por ellos mismos (junto a Miguel Bardem entonces) y producida por Fernando Colomo. A falta de otros datos, cabría plantearse si el montaje final de la película responde a la idea original: los guiones casi siempre cambian —no necesariamente para mejor— según avanza el rodaje, y en este caso quizás haya tenido algo que ver que “han sido cuatro años de trabajo, de búsqueda, de encuentros y desencuentros hasta que por fin Mentiras y gordas ha tomado vida. Algunos han crecido con el proyecto y nos han tenido que abandonar y otros se han incorporado renovando las ilusiones”, según declaraban los directores, que añadían que el proyecto de Mentiras y gordas iba unido “desde el principio a una reflexión sobre la levedad e ingravidez en la que se desarrolla la vida durante la etapa de la juventud.


Y si no ha ése el camino desde el guión inicial hasta la película terminada, habría que preguntarse quizás qué peso pueden haber tenido factores económicos y/o mediáticos** en el interés del productor (Gerardo Herrero) por desdibujar (sobre todo en la campaña publicitaria de la película) la historia de Tony y su inconfesado amor por Nico —que es la que claramente la vertebra— en el seno de las tramas secundarias, presentándola más bien como una cinta coral sobre el devenir emocional de “un grupo de individuos que aún están en plena transición, en medio de un viaje a ninguna parte concreta, con sus confusiones, sus problemas, sus sentimientos y su futuro incierto en la que fueran los propios personajes los que a través de sus complejos e inseguridades nos dieran las claves para comprenderlos [...] que todos utilizaran la mentira como parte importante de sus vidas, que se mintieran a sí mismos sobre lo que realmente sienten y evidentemente lo hicieran también los unos con los otros para ir desvelando [sus] secretos poco a poco hasta desnudarlos emocionalmente.” Porque a pesar de que el carácter coral siempre ha tenido mucha importancia en sus películas, es obvio que en casi todas ciertos personajes —como ocurre en ésta con el de Tony— acaban cobrando una especial trascendencia, relacionada aquí una vez más con el tema de la homosexualidad que siempre ha estado presente en gran medida en su filmografía y sobre el que el propio Alfonso Albacete decía, días antes del estreno, que “la igualdad no está conseguida en absoluto, porque, entre otras cosas, la carga que la religión católica tiene en la conciencia provoca todavía un enorme sentimiento de culpa.

 

Notas:
[*] Efectivamente Mario Casas salva de la quema (por los pelos) a su personaje en Mentiras y gordas, pero no está en modo alguno exento de riesgos ni libre de pecado: en los cortes publicitarios de alguna de las tertulias políticas nocturnas que últimamente copan mi tiempo de televisión, miré el pasado lunes algunos momentos de El barco (la nueva serie de la cadena del grupo de «La Razón» en la que han enrolado —nunca mejor dicho— a este actor de moda junto a otros/as ex-El internado, Fisica o Química o Los hombres de Paco) y me decepcionó mucho su prestación: toda su parte dicha con un único gesto de sonrisa entre altiva y bobalicona fuera cual fuera la situación, y una dicción y una entonación al nivel de lo peorcito de lo que he mencionado arriba… ¡Y pensar que algunos de ellos han pasado años en El internado junto a actorazos como Amparo Baró o Luis Merlo...! (Puede que en sucesivos capítulos de la serie mejore, si es así (yo no voy a seguirla) espero que algún/a seguidor/a del blog o lector/a ocasional de esta entrada me lo haga saber...)

[**] Según datos publicados por El Mundo la película tuvo un coste final de 3.126.415,58 euros y acumuló en taquilla unos ingresos de 4.310.370,50 euros. ¿Creen que habría obtenido iguales o similares rendimientos si se hubiera publicitado como la historia de amor imposible que es entre dos adolescentes del mismo sexo...?

4 comentarios:

Curro dijo...

muy tremendo que ese guion lo firme una ministra de cultura... :(

Ángel Paniagua dijo...

¿Por...? El guión lo escribió (casi cinco años antes de su nombramiento) con los propios Albecete y Menkes, no sé que parte del desastre final puede corresponderle a cada uno de ellos...

Curro dijo...

ni yo.. pero firmarlo lo firma ella... como era aquello de "caca, culo, pedo, pis" vaya dialogos!!! ero coincido en varias cosas con tu blog, no pudo ser tan mala, me huele a mucho cambio en el montaje y desde luego oportunismo comercial en su lanzamiento... cosas del cine ¿no?

Anónimo dijo...

Pues si dices que Yon González es un actor limiado es que no lo has visto actuar más allá de esta mierda de película, por lo cual tu juicio es ventajista.