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8 de marzo de 2012

Madre soltera (Tercer aniversario)




MADRE SOLTERA

Has dado a luz al hijo que querías
tener con él, pero su padre es otro,
y no te importa. Habría sido fácil
llevarle hasta tu cama
y arrancarle —con tu sabiduría
para el sexo y tus mañas de mujer—
esa esencia que tú necesitabas
para rehacer su imagen, confundiéndola
en una sola carne con la tuya...
Muy fácil, sí: tal vez por eso
le dejaste esa noche, de camino
a su casa, en la ciudad donde le
conociste y que él mismo te enseñó.

Esa noche, la última que os visteis
—y sabías muy bien que era la última—,
pensaste que tal vez no mereciera la pena,
que todo lo que había hecho por ti
tenía un interés oculto —ya te había
ocurrido con otros hombres antes—,
que no veía en ti más que a la esposa
que siempre quiso —guapa, inteligente y sumisa—
y no estabas dispuesta a renunciar
a ti misma para colmar tu anhelo,
el deseo que siempre, desde niña,
te había atenazado de ser madre.


Quizá por eso al niño —cuyo padre
es un rostro perdido entre tus piernas,
una noche que casi has olvidado—
le has puesto su nombre, el del que quiso
ser amante y esposo al mismo tiempo,
aquel que en su ignorancia,
pensó que caerías a sus pies y no tuvo
más premio ni castigo que este niño,
al que ha dado su nombre sin saberlo.



[Este poema, escrito hacia 1996, fue uno de los incluidos por L.A. de Villena en mi parte de la antología 10 menos 30. La ruptura interior en la poesía de la experiencia (Pre-Textos, 1997). Forma parte de Las vidas de los otros, un libro en el que ya por entonces llevaba algún tiempo trabajando y que a día de hoy sigue inédito.]

25 de julio de 2011

Vendrá el tiempo y tendrá nuestros poemas (o la paja en el ojo ajeno)



Estos días pasados hemos tenido en Facebook un intercambio de ideas y puntos de vista sobre este texto de Martín López-Vega publicado el 19-7-2011 en la web de la editorial DVD (el autor asturiano aparece fotografiado —¿hojeando? ¿leyendo?— una edición en ruso de Parte de la oración de Joseph Brodsky). Y como sea que la animada charla terminó —al menos por mi parte— dando de sí más de lo esperado, he decidido traer al blog (que tan abandonado tenía) mis respuestas de ese diálogo, siquiera mínimamente retocadas.
El párrafo 1 parece prometer una concisa pero aguda reflexión del filólogo que López-Vega es sobre tradición y renovación en la narrativa última española, pero me temo que en Teoría de la Literatura (M. que sabe de esto un rato más que yo me corregirá si me equivoco) la categoría "bodrios novelísticos" no se contempla como tal. Por otro lado, la preeminencia de Martínez de Pisón, Xuan Bello, Mercedes Cebrián y Elvira Navarro sobre Juan Manuel de Prada y los otros que dice haber olvidado, no puede (desde el punto de vista, repito de la Teoría de la Literatura, no de la mera opinión personal) establecerse con una perspectiva temporal tan exigua.
El párrafo 2 es una boutade que quiere pasar por axioma sin lograrlo. Lástima que los demás también pensamos —habría que decirle— y no estamos de acuerdo contigo en esto. En el párrafo 3 parece arremeter contra los que actualmente son compañeros suyos de escudería (poética). La frase citada es de este artículo de Luna Miguel sobre Agustín Fernández Mallo (A. F. M.), pero no acaba de entenderse bien su ironía en lo tocante al "asunto de la seriedad"... ¿Le agrada o le molesta? En cuanto a la alusión a "las listas de poetas guapos de L. M." debe de referirse a "aquel texto de Poetry is not dead sobre los cuatro poetas más guapos de nuestro país" No he llegado a ver ese texto pero sí otros de la misma Luna Miguel cantando las alabanzas físicas y/o literarias de, por ejemplo, Antonio Lucas, Javier Rodríguez Marcos, Antonio Portela, Juan Antonio Bernier o David Leo García. Pero lo único que (quizá inconscientemente) consigue M.L.-V. mencionando esto es hacer patente un posible daño o descontento suyo íntimo (subconsciente o no) respecto de su propia apariencia física.
La reseña sobre la última antología de Villena a la que se refiere en el apartado 4 (que publicó en la revista Suroeste y a la que alude aquí para “disculparse”) no la pude leer y archivar en su momento, y descubro ahora —no sin sorpresa— que va mucho más allá que otra sobre 10 menos 30 que ya recogí en este blog. Se trata de una pieza lamentable desde cualquier punto de vista, incluido el de la Retórica (desde el que, tratándose de un filólogo, en modo alguno debería serlo):


la dispositio brilla aquí por su ausencia, salta de la inventio a la elocutio con tal falta de mesura y reflexión que el resultado, amén de embrollado y confuso, incluye descalificaciones literarias y personales de todo punto inadmisibles (un curioso disparate [...] Inteligencia, poca, aunque hachazos a la sintaxis hay muchos en el prólogo [...] desde los desvaríos neobarrocos y gimferrerianos de José Luis Rey a las naderías delicadas de Rafael José-Díaz, de los trabalenguas que parecen cómicos (pero al parecer no lo pretenden) de Juan Carlos Abril a las fruslerías de Javier Vela [...] batiburrillo de jóvenes imberbes [...] más les valdría a esos poetas tener los huevos de hacer ellos la antología [...] y no darle la lata a un proto-anciano que ha perdido todo su prestigio como antólogo [...] que estaría mejor buscando tiempo para hacerle a su prosa lo mismo que le ha hecho a su papada).
Ya en una entrada post-reportaje-EPS de su blog recogía "tal cual las escribí" la versión original de sus respuestas a sendos cuestionarios que por entonces le habían hecho (desvirtuadas después, según él, en los medios donde aparecieron); yo trajé entonces aquí unos fragmentos de esa entrada (que eliminó de su blog poco tiempo después) y bastaba con echarles una ojeada para ver ya claramente esa manía hacia Villena, que debe de remontarse (como la de algunos otros, pero ese es otro tema) a la época de 10 menos 30: de los más jóvenes de los incluidos en aquella antología, uno (Rendueles) es asturiano como López-Vega, y los otros dos coetáneos suyos (o casi, Juan Carlos Abril de 1974 y Carlos Pardo de 1975). En la introducción, además, Villena decía que “no figuran otros nombres jóvenes que estimo —José Mateos, Javier Almuzara, Lorenzo Oliván, entre otros— que siendo notables poetas han permanecido más fieles al clasicismo de la poesía de la experiencia.”
Se considerase aludido o no en ese “entre otros”, la realidad es que López-Vega y Almuzara (junto con —o espoleados por— su amigo y valedor García Martín) urdieron una estrategia de descrédito que tuvo varios frentes, en su caso una sección “humorística” de correos apócrifos en la revista Reloj de Arena de la que eran coordinadores, y en la que tuvieron la desfachatez de publicar una falsa carta mía con el mismo estilo insultante y faltón que el escrito que comentamos. Con los años, y los sucesivos textitos de este tenor, yo estoy cada vez más tentado de creer que revelan otro posible daño o descontento suyo íntimo (subconsciente o no) respecto de Villena y/o de sus antologías, en las que por una razón u otra no ha llegado a aparecer... (Y parece que no es el único que se echa de menos en ellas, de hecho Juan Carlos Sierra cierra su crítica de La inteligencia y el hacha con estas palabras: "quizá a la antología de Luis Antonio de Villena habría que reprocharle amistosamente algunas ausencias y alguna que otra presencia. ¿Ubi sunt, por ejemplo, Abraham Gragera o Martín López-Vega?")

Del párrafo 5 hay poco que decir porque deja ver a las claras el concepto de las relaciones humanas de este chico, al igual que en el 6, en el que despotrica contra el mencionado Carlos Pardo a cuenta de sus respuestas a una entrevista aparecida en abril, y que creo que se califica por sí sólo. La literatura es otra cosa.

En el 7 dice López-Vega que “se ha publicado una antología sin ninguna importancia en Visor. Uno la ve y piensa eso, que nadie le hará mucho caso, pues los autores incluidos son en general de poca monta y sobre todo el libro es lo bastante breve como para ser un libelo colectivo, pero no una antología con voluntad de nada.” Debo decir que creo que es falso que esta antología de la poetidumbre se haya vendido como churros, por mucho que siga semana tras semana en la lista de más vendidos de El Cultural. En cualquier caso, dudo mucho que en sus cifras de ventas haya tenido algo que ver una carta abierta (que es sólo eso, una carta, no un cañonazo para matar poemoscas), y disiento en cuanto a que los autores que la componen (individualmente considerados) sean “de poca monta”. Lo que —a mi juicio— falla de esta antología como propuesta es la penosa exposición de un (inexistente) fundamento teórico que supone su prólogo, un texto (por no decir directamente sarta de disparates e ingenuidades bobaliconas) que no resiste el más mínimo análisis crítico y que ninguno de los incluidos debe de haber escrito, puesto que —aunque hablan desde el nosotros— ninguno (a título individual ni colectivo) lo firma.
Pero… ¿qué sentido puede tener dedicar el 10% de un artículo a una antología por la que nadie le ha preguntado para desvalorizarla? ¿No habría sido mejor, siguiendo su razonamiento, ni siquiera haberla mencionado? El propio Martín López-Vega viene en nuestra ayuda a la hora de entenderlo; véanse estas frases extraídas del prólogo: 

“Ante tanta incertidumbre una gran parte de los nuevos poetas en español se han adscrito a una tendencia tan experimental como oscura [...] el estado comatoso que tiene el panorama poético en la mayor parte de los países europeos [...] Admiramos a poetas que [...] han escrito una poesía perfectamente entendible [...] somos partidarios de [...] una poesía que comunique, [...] Una poesía que conmueva”. 

Y comparense con estas respuestas de M. L.-V. en una entrevista con Lino González Veiguela del 15-04-11: “Me gusta escribir una poesía que sea lo más clara posible, bastante confuso es ya el mundo. Además creo que escribir una poesía oscura y hermética resulta mucho más fácil que escribir una clara.” ¿No será pues que —de nuevo— muestra M. L.-V. la peor parte de sí al sentirse injustificadamente excluido de una antología donde tan a gusto se hubiera sentido…?

Del párrafo 8 (que quiere ser una refutación con guiño de una entrevista a Sergio Gaspar), hay poco que decir puesto que está escrito para una sección de la web de la editorial que éste dirige. Señalar, eso sí, que a estas alturas ya no resulta extraño que López-Vega afirme que “la mayoría de los libros españoles son un bodrio” (¿menos los suyos, debemos suponer?) pero sí resulta extraño que la frase de Sergio Gaspar publicada en la entrevista [“traducciones, bastantes de ellas de discutible interés literario y que apenas aportan nada al presente de la literatura española. Algunas de esas traducciones, no obstante, resultan textos de mucho valor. Hay que afirmarlo con claridad”] se torne en la charla informal con M. L.-V. en “Él dice que la mayoría de las traducciones son un bodrio”...

Qué decir de la afirmación de que "No existe la poesía española" (en el párrafo 9), del concepto tan filológico "ristras de favoritismos de los autores jóvenes", o de la oposición Benítez Reyes/Muldoon, que —de entrada— no son comparables, juegan en ligas diferentes (y, además, ¿qué necesidad...? ¿Qué objeto tiene tal contraposición absurda? Ningún otro, me temo, que el de tachar de papanatismo cualquier interés por la poesía no hispánica). Que él no se "fiaría de un poeta español que no se sepa de memoria trechos de «Las flores del frío», «Libro del frío» (valga la bajada de temperatura) o «Rama desnuda»"... Pues vale, yo me fío de aquellos en cuya obra entreveo la presencia de Garcilaso, de Quevedo, de Espronceda y Becquer, de Machado, de Cernuda... y de Juan Ramón, sobre todo de Juan Ramón, que es la cumbre indiscutible de la lírica española del siglo XX... Si además adivino o asoman (aunque sea demasiado) Eliot, Stevens, Carver, Huidobro, Vallejo, Baudelaire, Cavafis, Pessoa, etc, etc, pues voy fiándome (y fijándome) más y más. Luego ya madurarán, verrà la morte e avrà i nostri versi, y el tiempo hará su antología, no Martín López-Vega...

Para terminar, sobre el 10, lo mejor y lo peor de la juventud es que se pasa sin que apenas alcancemos a darnos cuenta; la poesía, o mejor, los poetas siempre han sido jóvenes antes que adultos (incluido López-Vega, supongo, aunque visto lo visto vaya usted a saber). A unos se les ha prestado más atención que a otros, unos han sido más afortunados que otros, unos han querido y/o sabido medrar más que otros y, en fin, unos han publicado más y/o en mejores editoriales que otros, eso no quita ni pone calidad, que es lo que a fin de cuentas importa, y en algunos hay mucha más que en otros; pero a la vuelta de los años, muchos que ayer prometían se han esfumado, otros cuyas primeras obras nada bueno parecían augurar florecen envidiablemente, y es un proceso siempre interesante aunque, por temporadas, a uno puedan apetecerle más o menos tales zambullidas (el agua está tan fría a veces) pero desde luego, pezqueñines sí, al menos en lo que a poesía se refiere...

[ADDENDA noviembre 2011:
El pasado 16 de octubre López-Vega publicó en Rima interna, su nuevo blog en El Cultural, esta entrada en la que puede apreciarse un significativo cambio de opinión por lo que a los pezqueñines se refiere, he aquí un par de párrafos de la misma:
«...hay poetas que en su primer libro demuestran sobre todo las ganas de hacer algo completamente distinto y otros que, en cambio, parecen empeñados en demostrarnos todo lo que han leído. Ni lo uno ni lo otro sirven por sí solos, y quienes tengan algo que decir irán llegando poco a poco a encontrar la fórmula, su fórmula, personal e intransferible [...]
Prestar atención a los autores nuevos no puede más que enriquecernos: pensar que uno no puede aprender nada de quienes son más jóvenes que él es la primera señal de decadencia intelectual. Pero una forma de respetarles es darles tiempo.»]


7 de mayo de 2011

Juan Carlos Palma (10 menos 30, II)





Decía en una entrada anterior que la reseña allí mencionada no fue «desde luego, la única "alegría" que me deparó (tiempo habrá de comentar algunas otras), pero sí una de las más "sonadas"...» refiriéndome a «las publicadas en su momento sobre 10 menos 30, la antología de L.A. de Villena en la que fui (ya no sé si decir que por suerte o por desgracia) uno de los seleccionados.» Me encuentro ahora una carpeta con muchas fotocopias, parte (supongo) del dossier de prensa reunido por la editorial —que probablemente nos las hizo llegar— y entre ellas una firmada por un tal J. Carlos Palma que no lleva indicación del medio ni la fecha en que apareció.
A diferencia de esa de Tortajada, o la de García Martín (a la que Palma hace referencia, y que sigue pendiente en esta serie) debo confesar que ésta no la recordaba, y la verdad es que me resulta bastante extraño, por cuanto se trata de uno de los mejores ejemplos de crítica de poesía que recuerdo, escrita con tanta madurez como conocimiento de causa, con tanta ponderación como ausencia de animadversión hacia el antólogo, con tanta independencia y solidez de criterio como falta de interés personal en la materia tratada (asunto que lastra gravemente, como saben, muchas piezas del género)...



 
A falta de mayor indicación sobre el autor, deberemos suponer que se trata (si no es así seguro que alguien nos lo hará saber) de éste Juan Carlos Palma, que se define a sí mismo con estas palabras en su blog (Soltando lastre, iniciado en marzo de 2009): "Cercano a la cuarentena, pero de espíritu joven, me licencié en periodismo para ejercer el tiempo suficiente para no querer hacerlo más (en condiciones precarias, claro)"; que dice trabajar desde hace ocho años "rodeado de mi verdadera pasión, los libros. Los vendo, los recomiendo y los ordeno. El tiempo libre me ha permitido escribir y publicar dos novelas, un libro sobre cine, algunos poemas y otros artilugios más o menos narrativos que quizá algún día vean la luz"; y que pone al frente de su bitácora —tal vez a modo de divisa— esta noble declaración de intenciones:

"Nada de sentar cátedra ni de abrir nuevos caminos, sólo emitir juicios valorativos sobre lecturas, películas, viajes o acontecimientos de la actualidad, soltar el lastre que toda persona lleva en su cabeza para evitar futuros naufragios y hacer la travesía más liviana."

No podía ser menos en alguien que ya por entonces —1997, con apenas 25 años— demostraba un conocimiento tan profundo de la obra de los autores de aquella antología (incluso de los que a la sazón sólo habían publicado un par de libros en editoriales ajenas a los circuitos comerciales) como para poder calificar de "execrable" no ya el poema del que cita más adelante unos versos
(*), o el conjunto de la obra de su autor, sino ambas cosas en una:

"escondido tras la personalidad del "inexistente" y execrable (este adjetivo es mío) poeta cacereño Angel Paniagua"

remarcando además (por si no había quedado claro) que —a diferencia del de "inexistente" (que es de García Martín)— el de "execrable" es por completo suyo. Todo un ejemplo, como apunté arriba, de mesura y ecuanimidad.


[Aunque puede leerse bastante bien en la fotografía (haciendo clic sobre ella se despliega, y puede ampliarse más haciendo clic nuevamente) transcribo a continuación el texto completo de la reseña. Aclaro de antemano que el Vicente García a cuyo "alcance metafísico" alude Palma no forma parte de 10 menos 30: es de suponer que el eminente crítico confunde en uno solo los nombres del andaluz Álvaro García (Málaga, 1965, que sí está en la antología) y del asturiano Vicente García (Gijón, 1972), que había aparecido (o estaba a punto) junto a otros cinco en un reportaje sobre poetas "ultimísimos" (y ausentes de 10 menos 30, esto no se dice expresamente pero se hace notar con claridad) publicado en El País de las Tentaciones el 11 de abril de 1997**.

TEXTO DE LA RESEÑA:
La ruptura inexistente. J. Carlos Palma.
Cuando al ir pasando poemas, uno percibe que la tesis planteada no se sostiene en pie, es el momento de pedirle cuentas al autor, un Villena que llegó una noche a su casa desfondado de venecianismo y se levantó con un gin-tonic en la mano versificando como quien habla con el vecino. Los ha habido muy meticulosos —dicen que algunos de los poetas selcccionados superan los 30 años— y otros sangrantes —como el atacado (en el prólogo) antólogo García Martín, que se venga urdiendo que Villena se ha escondido tras la personalidad del "inexistente" y execrable (este adjetivo es mío) poeta cacereño Angel Paniagua—. Uno, por esa tenaz manía de ensamblar objetivos con resultados, prefiere husmear en los cimientos de la antología y comprobar si el edificio levantado responde a una argumentación aparentemente sólida o amenaza con derrumbarse al más patético seísmo.
Luis Antonio de Villena (del que no se ofrece una mínima reseña curricular, como semidiós del verso que está por encima de esas bajezas) traza un ameno prólogo que se podría titular Breve historia de la poesía de la experiencia. Sus mitos ante el futuro. En él habla de la etiqueta remendada del libro de Richard Langbaum, de Gil de Biedma y otros padrinos de la tendencia, de la escuela granadina de García Montero, de sus puntales más sobresalientes y, faltaría más, de la chapucera guerrilla dialéctica que la enfrenta con el sector de la diferencia, tocados con el sombrero cordobés de su líder, Antonio Rodríguez Jiménez, y a los que Villena despacha sin paliativos: "su único nexo unitivo es el fracaso, la conciencia de su falta de éxito" (sic). Tras este preámbulo esclarecedor, el antólogo confiesa su intención: la poesía de la experiencia está "quemada" —noches de farra, coqueteos fugaces, tono conversacional repetitivo...— y es necesaria una ruptura interna, la que supuestamente practican los poetas aquí reunidos.
¿Pero es ruptura decir: "Bueno, nada, me voy, te llamo luego... / a ver si vienes algún fin de semana / a mi casa en la playa, nos tomamos / unas birras y vamos a Calblanque / a bañarnos en bolas ¿vale, tío?..." (**) o sólo una corroboración del peligro que acecha a la poesía de la experiencia, que cualquier tontería que suene coloquial pueda pasar por poema? Si esto es para Villena "mayor interiorización" o "exploración de la forma" mucho me temo que la poesía de la experiencia tiene las horas contadas. El modo de hacer de los cachorros elegidos poco tiene que ver de uno a otro, como sus respuestas a las inocentonas preguntas del antólogo y, en conjunto, su intcrés se reduce a pocos nombres: el alcance metafísico de Vicente García, la abrupta concisión de Alberto Tesán o el desparpajo irónico de Juan Bonilla.
Para perpetrar una antología poética —ese acto cada vez más parecido al terrorismo literario— es fundamental desplegar una base consistente de poetas que demuestren ser los más valiosos de su generación. Por las higiénicas, púberes y pobremente plasmadas razones de Villena (visto el resultado) se han quedado fuera nombres que ya gozan de prestigio reconocido (Benítez Ariza, Pelayo Fueyo, Silvia Ugidos...) y que exploran más caminos que los aquí representados. No nos engañemos: ¿15 menos 35? ¿20 menos 40? Quizás deberíamos hablar sólo de buena poesía y dejarnos de fórmulas matemáticas fallidas. Los lectores comprometidos con esta causa perdida lo agradecerán.]

NOTAS:

* En la segunda fotografía puede leerse el texto completo del poema al que pertenecen los versos que Palma cita descontextualizándolos sin hacer mayor aclaración, ¿quizá porque —usando sus propias palabras— como semidiós de la crítica, él está [o estaba en aquellos tiempos] por encima de esas bajezas...?

** Se trata del reportaje a doble página Atrapados por los Versos, firmado por José María Goicoechea. Los otros cinco poetas incluidos son Beatriz Hernanz (Pontevedra, 1963), Angel Antonio Herrera (Madrid, 1965), Ada Salas (Cáceres, 1965), Carlos Zanón (Barcelona 1966) y Pablo Méndez (Madrid, 1975). No aparece (o yo no lo he encontrado) en la hemeroteca del diario madrileño, por lo que no he podido poner el correspondiente enlace.


19 de septiembre de 2010

Vicente Tortajada (10 menos 30, I)





Yo no le conocí personalmente, ni hablé de él con ninguno de los amigos más o menos cercanos que sí le conocieron y trataron. Por eso nunca he hablado de él ni voy a hacerlo ahora. Cualquiera que tenga interés o curiosidad puede teclear su nombre en el buscador que prefiera y encontrará artículos suyos o sobre él, o panegíricos de cuando murió como este alabando su humanidad, su bonhomía ("una de esas personas irrepetibles que dejan una huella profunda. Inteligente, culto, irónico y generoso [...] que escondía entre sus maneras tajantes un laberinto de ternura"); su personalidad "muy fuerte [...] huraña y muy tierna a la vez. En su conversación había mucha ironía, mucha acidez y un pronto inteligente"; su galante caballerosidad ("Era tan sensible que piropeaba por la calle a las mujeres mayores porque, según confesaba, ya nadie se acordaba de ellas"); o su concepto de la poesía: "Un poema tiene que contener una historia en brevísimos renglones. La exactitud y la matemática son la música y el oficio [...] El surrealismo y la escritura automática a mí no me valen. Tienes que conocer la lengua perfectamente, dominar los límites de la palabra y encajarla en su sitio para poder meter la historia en unos pocos renglones". And so on...

Por mi parte, el único motivo de traerlo aquí ahora es la casualidad de haber encontrado en Google libros la vista previa del nº 17-18 de la revista Renacimiento (1997 - vol.II), donde apareció firmada por él una de las reseñas (a la que pertenece el párrafo de la fotografía) publicadas en su momento sobre 10 menos 30, la antología de L. A. de Villena en la que fui (ya no sé si decir que por suerte o por desgracia) uno de los antologados. Un viejo recuerdo, en fin, del que no tenía copia en papel (aunque la reseña en cuestión fue recogida después en Azahar y vitriolo, uno de esos habituales volúmenes recopilatorios de este tipo de escritos).
No fue, desde luego, la única "alegría" que me deparó esa antología (tiempo habrá de comentar algunas otras), pero sí una de las más "sonadas"...

Las preguntas obligadas son, claro, en primer lugar, ¿por qué la imagen de esta entrada no es una fotografía de la persona cuyo nombre la encabeza?; y más allá de eso: si he dicho por adelantado que no le conocí ni voy a hablar de él... ¿por qué la encabeza su nombre...? Sencillo: porque para mí Vicente Tortajada (que hasta ese momento —finales del 97 o principios del 98— era un señor que había publicado una traducción de los Sonetos de Crimea de Adam Mickiewicz) es desde entonces ese párrafo, esas palabras suyas le retratan mejor que cualquier fotografía.