| Foto © Mad Hatter: Abeja solitaria sobre botón de oro (Ranunculus acris) |
VIDA DE ESTA ABEJA
Ya se hizo mayor. La vida quiso que fuese dando tumbos sin fijar la mirada en una meta, y siguió con pasión irrefrenable el vuelo de los zánganos; quiso ser como ellos, y aprendió sus oficios llamativos y alegres, pero ellos volaron y está sola, tan sola como estuvo mientras los perseguía, imitaba y amaba. Siguió haciéndose mayor, mayor incluso para volar con ellos, y las otras abejas le hincaron —envidiosas de aquella libertad— sus aguijones, le inyectaron la ponzoñosa y triste verdad del mundo adulto, y el instinto de la recolección, que le era extraño. Quiso huir... Era tarde. Se habían disipado los fulgores del bosque, y había sólo flores que expoliar por el bien de la especie, había celdillas que llenar —la medida del trabajo— y delitos y culpas y castigos que cumplir por el tiempo derrochado. Así que aquí la tienen, aprendiendo el oficio de la supervivencia colectiva y mirando salir cada mañana y regresar cada noche a los zánganos hermosos, lozanos, sonrientes, mientras oye murmurar con envidia a las obreras...