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23 de marzo de 2012

Cartas de los editores (II)




Finales de noviembre: [Autor] conoce en [ciudad] a [Editor] a través de un cierto número de conocidos comunes y ciertas casualidades que les hacen coincidir y mantener una —aparentemente— agradable conversación durante el desarrollo de un determinado acto cultural, pero —dado que gran parte del mismo consiste en la actuación de un conjunto de cuerda— hablan susurrándose al oído, así que apenas si podemos escuchar —entre empujones, ya a la salida— el final de la conversación: parece que ha girado en torno a un libro titulado La justicia del tiempo que —tras un par de años dándole vueltas— [Autor] presentó hace unos meses antes a un importante y conocido premio, y también que un miembro del jurado al que [Editor] conoce, le ha comentado a [Autor] que el libro alcanzó la [¿...?] votación durante el fallo, celebrado hace unos días... Entre eso y las buenas referencias que sobre él ha recibido de un par de amigos suyos escritores que también viven en [ciudad], parece que [Editor] le ha dicho a [Autor] que le haga llegar una copia del libro.
Finales de noviembre: [Autor] envía La justicia del tiempo a [Editor] y pocos días después recibe de él una felicitación navideña con estas líneas:

Querido [Autor]: Acabo de recibir tu La justicia del tiempo. Ten la certeza de que leeré tus versos con aplicación y cariño.

Principios de febrero: [Autor] recibe de [Editor] la siguiente carta:

[Ciudad], 7.II.97
Querido [Autor]:
Por fin encontré el momento para leer tu "La justicia del tiempo".
Comenzaría diciendo que, tras la lectura de estos poemas, lo que se concluye es que el tiempo no hace justicia, sino que actúa como el peor de los justicieros. Se nos presenta por extenso en este libro a un personaje que, al borde de la pérdida de la juventud y habiendo dedicado gran parte de ésta a la vida nocturna comienza a perder el placer que encontraba en todo eso, el cuerpo y el cerebro se resienten y los paraísos artificiales se acaban convirtiendo en un infierno. En tus poemas se intuye que hay verdad en la confesión personal y un profundo amor y confianza en el poder de la poesía como asidero frente a un mundo en descomposición. Sin embargo hay problemas que convierten este libro en un libro, a mi juicio fallido:
–Sigues un esquema acentual con predominio del endecasílabo y del alejandrino, pero se traiciona en cuanto al ritmo continuamente —por falta de pericia, no por intención— y no consigues en ningún momento dotar de cierta personalidad expresiva a estas nobles formas de la prosodia castellana.
–Se cae, por otro lado, a cada momento en el prosaísmo por un afán de explicitar las cosas sin medida, hasta el punto de que el libro queda en una confesión impudorosa de indudable interés humano, pero de escaso interés poético. Las experiencias aparecen volcadas en el poema como a granel, sin que el lenguaje, las imágenes y la sintaxis se preocupen en ningún momento de elevarlas a categoría poética.
–Sí se percibe, en cambio, un intento de trascender esas experiencias por medio de una meditación que recorre el libro y ofrece conclusiones, pero esas conclusiones son, la gran mayoría de las veces, mucho más el producto de un proceso de autoestima íntimo que el fin de una verdadera elaboración poética de la materia sensible.
En suma, si bien es cierto que demuestras lecturas, y ciertas maneras de vez en cuando, y que se intuye el libro que hubieras deseado escribir, también lo es que éste no es el que tu sensibilidad y experiencia exigían.
Siento mi diagnóstico, pero te siento amigo y a un amigo hay que serle leal y la lealtad obliga a la sinceridad.
Un fuerte abrazo,

 [Firma editor]

26 de febrero de 2012

Treinta poemas, el librito perdido, en issuu



Treinta poemas formaba parte de un proyecto fallido, una colección de libros de pequeño formato (publicados por la editorial granadina Comares) que en su momento auspiciaron el profesor Francisco J. Flores Arroyuelo y el poeta y periodista (hoy también profesor universitario) Antonio Parra, director de Postdata; colección que iba a llevar como nombre precisamente el de la editorial granadina unido al de la revista murciana, Comares/Postdata. Pero por razones que no vienen al caso ahora sólo tres de los títulos inicialmente previstos llegaron a imprimirse, y uno de ellos fue esta pequeña antología de lo que yo había escrito hasta aquel momento, dado que tras los dos libros editados —que no escritos— en el espacio de apenas ocho meses (En las nubes del alba, 1990 y Si la ilusión persiste, 1991) sólo había publicado algunos poemas sueltos en revistas literarias de ámbito provincial y escaso eco exterior. Pero en esos cinco años había seguído escribiendo poemas y reuniéndolos en libros de los que más tarde, cuando dejaban de satisfacerme (ya fuera por convencimiento propio o por excesivo asentimiento a pareceres ajenos) iba separando los poemas que parecían funcionar mejor en el siguiente: así nacieron y murieron sucesivamente Bienvenida la noche, Con tanta claridad, El legado de Hamlet, La vida razonable y La justicia del tiempo, que dejaron en el camino un considerable número de poemas, bien porque ya no parecían tener sentido dentro del nuevo conjunto o bien porque me parecía mejor reservarlos para algún posible libro posterior.
Podría decir, sin temor a exagerar, que ese excesivo asentimiento o conformidad con las opiniones de otros fue durante años una dolorosa constante en mi evolución como escritor de poesía; como peculiar el tipo de desempeño crítico que pedía de aquellos a quienes enseñaba lo que iba escribiendo. Atendiendo a mis recuerdos y a los manuscritos anotados que conservo, podría distinguir dos tipos diferentes: de una parte, quienes tenían arraigada en su mente una determinada idea del poeta que yo era o debía ser (idea que yo sospechaba ya entonces que en absoluto se correspondía conmigo, y el paso de los años no ha hecho sino reafirmarme en esa convicción) por lo que miraban cuanto les mostraba desde el convencimiento de que distaba mucho de ese estado 'ideal', y llenaban el manuscrito de tachaduras y comentarios, muchas veces razonables y otras no tanto, incluso —en ocasiones— de inusitada dureza y displicencia, rozando lo ofensivo. Sin perjuicio de su indudable buena intención, el comportamiento de alguno llegó en algún momento a parecerse más al de un agente preocupado por los intereses de una supuesta 'carrera literaria' (que, por seductora que pudiera resultar, yo no estaba seguro de que quisiera o pudiera tener) que al de un amigo...
Los segundos, en cambio, parecían mirar desde el convencimiento de que ya era (o estaba en el camino de ser, y disponía de las herramientas necesarias para ello) el escritor que era o debía ser, ni mejor ni peor, ni necesariamente el que a ellos les gustaría. Sus análisis, por tanto, huían deliberadamente de enmiendas, tachaduras y/o cualquier tipo de anotación en los márgenes de posibilidades alternativas a este o aquel verso, limitándose a señalar con una marca apenas visible —un punto con lápiz o rotulador, junto al título o en alguna de las esquinas superiores del folio— aquellos poemas que les parecían mejores o más les habían gustado o emocionado.
Por razones de cercanía vital y afectiva, sin embargo, el peso mayor en mis decisiones lo tuvieron los primeros, y en el caso que nos ocupa ahora determinaron una serie de cambios importantes en el resultado final, desde el título —que cambió del inicialmente previsto Antología mínima al mucho más neutro de Treinta poemas— hasta el contenido mismo (1), pasando por la 'Nota del autor' que lo encabeza, cuya versión inicial —pergeñada entre julio y septiembre de 1996 y de la que se nutren estas líneas— terminé cambiando ya en las primeras galeradas por otra bien diferente —la que puede leerse ahora— redactada en lo fundamental por uno de los asesores a quienes antes me refería y mínimamente retocada después por mí, y cuya característica más llamativa es ese tono de impostada humildad —tan extraño a mi carácter— que se adivina detrás de algunas frases: «un libro de transición hacia nuevas tentativas», «dejaba ver las influencias de poetas que por entonces empezaba a descubrir», «quedaron inéditos —y debo decir que me alegro de que así fuera—», «recupero los que creo que más claramente apuntan a posibles caminos futuros», «'La justicia del tiempo' tiene un marcado carácter generacional»...
Ese tono casi inculpatorio y/o disculpatorio, como de pedir perdón por el atrevimiento de publicar aquella antología, tiene poco que ver con el meramente descriptivo del texto original, en el que tras hablar de ese modo de ir subsumiendo cada proyecto de libro en el siguiente que comenté arriba, terminaba con una breve referencia a los poemas que habían ido quedándose por el camino:

«Es de ese conjunto de poemas 'descolocados', por así decirlo, de los que principalmente se nutre esta selección, en la que también están representados los dos libros publicados a los que me referí, y en la que no cabe —por razones obvias— incluir ningún texto de un primer libro que aún no he tenido el valor de destruir [...], ni de otro posterior, del que ni siquiera he podido encontrar ninguna copia, y que no es —en mi recuerdo— más que una versión primitiva del segundo de los publicados (2). Sólo para comodidad del posible lector, y por mantener un cierto orden cronológico, he ordenado los poemas bajo los títulos de esos libros efímeros a los que originariamente pertenecieron, pero incluyendo las correcciones posteriores.»

Varios de esos poemas adscritos en la antología a los entonces aún inéditos Bienvenida la noche, El legado de Hamlet y La justicia del tiempo no llegaron a formar parte después de ningún libro o —por decirlo mejor—, los libros de los que varios de esos poemas formaban parte se publicaron años después (Bienvenida la noche y El legado de Hamlet en 2003, con alteraciones que desvirtuaban claramente los proyectos originales) o se quedaron por el camino por las razones ya comentadas y por otras tan equivocadas —creo ahora— como aquellas (estoy trabajando todo lo duro que puedo para solucionar eso)...
No quiero terminar sin hacer mención al pintor Pedro Serna, que tuvo la amabilidad de permitir la reproducción del hermoso dibujo suyo que figura como viñeta en la portada, y a Antonio Lucas, que hizo esta breve reseña


en La esfera, el entonces suplemento literario del diario El Mundo. El librito con todo no llegó a distribuirse, como ya he comentado: aparte de los de autor y de algunas decenas más que conseguí años después (gracias a los buenos oficios de Javier Marín Ceballos, todo hay que decirlo), la mayoría de los ejemplares se quedaron almacenados en sus cajas en alguna nave de algún polígono industrial granadino. Si desean leerlo, sólo tienen que hacer clic sobre la imagen de la cubierta que encabeza esta entrada.

NOTAS
(1) Antología mínima constaba de cuarenta poemas —seis de En las nubes del alba, siete de Si la ilusión persiste, once de Bienvenida la noche y dieciséis de El legado de Hamlet— incluyendo los poemas largos Reencuentro en modo menor y El legado de Hamlet, divididos en ocho y seis partes respectivamente, con lo que el total —contando esas secciones individualmente— sería de cincuenta y dos.  Al pasar a llamarse Treinta poemas quedaron fuera diecisiete de los cuarenta iniciales, y de los dos largos sólo incluí algunas partes (III y VII del primero y III, V y VI del segundo).
De esos diecisiete excluidos, seis se publicaron en 2003 formando parte de Bienvenida la noche (Amanecer de otoño, Imágenes amadas, El desnudo infeliz, Aquel sosegado lugar, Respuesta del oráculo y Certeza indeseada —integrado en Odisea, libro XXV—) y otros dos en 2004 (Un amigo del bar y Benet) integrados en el poema Officium defunctorum de Una canción extranjera.
Los otros nueve (Antes que el tiempo los cambiara, Dante anoche, Hablando del suicidio, Soneto falso, Poética para Germán, Tardío remordimiento, A un amigo distante, Brindis y Lección primera, más las secciones I, II, IV, V, VI y VIII de Reencuentro en modo menor) definitivamente no obtuvieron plaza en aquel peculiar concurso-oposición, por lo que podría decirse que siguen esperando una oportunidad de ver la luz, y desde luego estoy considerando seriamente la posibilidad de concedérsela.
(2) «otro posterior, del que ni siquiera [...]» Se trataba de Donde hubo un edificio, conjunto de cincuenta y tres poemas escritos en la primavera y el verano de 1988, parte de los cuales presenté (con ese título) a la convocatoria de ayudas a la creación literaria de la CARM de ese año, y que teóricamente (obtuve una) debería haber entregado para su publicación un año después, cosa que no llegué a hacer del todo: por razones similares a las descritas en esta entrada, sólo catorce de esos poemas estaban entre los veinticuatro que de hecho entregué y se publicaron (los diez restantes escritos —supongo, no conservo los originales— entre julio de 1988 y octubre de 1989) bajo el título de Si la ilusión persiste.

7 de mayo de 2011

Juan Carlos Palma (10 menos 30, II)





Decía en una entrada anterior que la reseña allí mencionada no fue «desde luego, la única "alegría" que me deparó (tiempo habrá de comentar algunas otras), pero sí una de las más "sonadas"...» refiriéndome a «las publicadas en su momento sobre 10 menos 30, la antología de L.A. de Villena en la que fui (ya no sé si decir que por suerte o por desgracia) uno de los seleccionados.» Me encuentro ahora una carpeta con muchas fotocopias, parte (supongo) del dossier de prensa reunido por la editorial —que probablemente nos las hizo llegar— y entre ellas una firmada por un tal J. Carlos Palma que no lleva indicación del medio ni la fecha en que apareció.
A diferencia de esa de Tortajada, o la de García Martín (a la que Palma hace referencia, y que sigue pendiente en esta serie) debo confesar que ésta no la recordaba, y la verdad es que me resulta bastante extraño, por cuanto se trata de uno de los mejores ejemplos de crítica de poesía que recuerdo, escrita con tanta madurez como conocimiento de causa, con tanta ponderación como ausencia de animadversión hacia el antólogo, con tanta independencia y solidez de criterio como falta de interés personal en la materia tratada (asunto que lastra gravemente, como saben, muchas piezas del género)...



 
A falta de mayor indicación sobre el autor, deberemos suponer que se trata (si no es así seguro que alguien nos lo hará saber) de éste Juan Carlos Palma, que se define a sí mismo con estas palabras en su blog (Soltando lastre, iniciado en marzo de 2009): "Cercano a la cuarentena, pero de espíritu joven, me licencié en periodismo para ejercer el tiempo suficiente para no querer hacerlo más (en condiciones precarias, claro)"; que dice trabajar desde hace ocho años "rodeado de mi verdadera pasión, los libros. Los vendo, los recomiendo y los ordeno. El tiempo libre me ha permitido escribir y publicar dos novelas, un libro sobre cine, algunos poemas y otros artilugios más o menos narrativos que quizá algún día vean la luz"; y que pone al frente de su bitácora —tal vez a modo de divisa— esta noble declaración de intenciones:

"Nada de sentar cátedra ni de abrir nuevos caminos, sólo emitir juicios valorativos sobre lecturas, películas, viajes o acontecimientos de la actualidad, soltar el lastre que toda persona lleva en su cabeza para evitar futuros naufragios y hacer la travesía más liviana."

No podía ser menos en alguien que ya por entonces —1997, con apenas 25 años— demostraba un conocimiento tan profundo de la obra de los autores de aquella antología (incluso de los que a la sazón sólo habían publicado un par de libros en editoriales ajenas a los circuitos comerciales) como para poder calificar de "execrable" no ya el poema del que cita más adelante unos versos
(*), o el conjunto de la obra de su autor, sino ambas cosas en una:

"escondido tras la personalidad del "inexistente" y execrable (este adjetivo es mío) poeta cacereño Angel Paniagua"

remarcando además (por si no había quedado claro) que —a diferencia del de "inexistente" (que es de García Martín)— el de "execrable" es por completo suyo. Todo un ejemplo, como apunté arriba, de mesura y ecuanimidad.


[Aunque puede leerse bastante bien en la fotografía (haciendo clic sobre ella se despliega, y puede ampliarse más haciendo clic nuevamente) transcribo a continuación el texto completo de la reseña. Aclaro de antemano que el Vicente García a cuyo "alcance metafísico" alude Palma no forma parte de 10 menos 30: es de suponer que el eminente crítico confunde en uno solo los nombres del andaluz Álvaro García (Málaga, 1965, que sí está en la antología) y del asturiano Vicente García (Gijón, 1972), que había aparecido (o estaba a punto) junto a otros cinco en un reportaje sobre poetas "ultimísimos" (y ausentes de 10 menos 30, esto no se dice expresamente pero se hace notar con claridad) publicado en El País de las Tentaciones el 11 de abril de 1997**.

TEXTO DE LA RESEÑA:
La ruptura inexistente. J. Carlos Palma.
Cuando al ir pasando poemas, uno percibe que la tesis planteada no se sostiene en pie, es el momento de pedirle cuentas al autor, un Villena que llegó una noche a su casa desfondado de venecianismo y se levantó con un gin-tonic en la mano versificando como quien habla con el vecino. Los ha habido muy meticulosos —dicen que algunos de los poetas selcccionados superan los 30 años— y otros sangrantes —como el atacado (en el prólogo) antólogo García Martín, que se venga urdiendo que Villena se ha escondido tras la personalidad del "inexistente" y execrable (este adjetivo es mío) poeta cacereño Angel Paniagua—. Uno, por esa tenaz manía de ensamblar objetivos con resultados, prefiere husmear en los cimientos de la antología y comprobar si el edificio levantado responde a una argumentación aparentemente sólida o amenaza con derrumbarse al más patético seísmo.
Luis Antonio de Villena (del que no se ofrece una mínima reseña curricular, como semidiós del verso que está por encima de esas bajezas) traza un ameno prólogo que se podría titular Breve historia de la poesía de la experiencia. Sus mitos ante el futuro. En él habla de la etiqueta remendada del libro de Richard Langbaum, de Gil de Biedma y otros padrinos de la tendencia, de la escuela granadina de García Montero, de sus puntales más sobresalientes y, faltaría más, de la chapucera guerrilla dialéctica que la enfrenta con el sector de la diferencia, tocados con el sombrero cordobés de su líder, Antonio Rodríguez Jiménez, y a los que Villena despacha sin paliativos: "su único nexo unitivo es el fracaso, la conciencia de su falta de éxito" (sic). Tras este preámbulo esclarecedor, el antólogo confiesa su intención: la poesía de la experiencia está "quemada" —noches de farra, coqueteos fugaces, tono conversacional repetitivo...— y es necesaria una ruptura interna, la que supuestamente practican los poetas aquí reunidos.
¿Pero es ruptura decir: "Bueno, nada, me voy, te llamo luego... / a ver si vienes algún fin de semana / a mi casa en la playa, nos tomamos / unas birras y vamos a Calblanque / a bañarnos en bolas ¿vale, tío?..." (**) o sólo una corroboración del peligro que acecha a la poesía de la experiencia, que cualquier tontería que suene coloquial pueda pasar por poema? Si esto es para Villena "mayor interiorización" o "exploración de la forma" mucho me temo que la poesía de la experiencia tiene las horas contadas. El modo de hacer de los cachorros elegidos poco tiene que ver de uno a otro, como sus respuestas a las inocentonas preguntas del antólogo y, en conjunto, su intcrés se reduce a pocos nombres: el alcance metafísico de Vicente García, la abrupta concisión de Alberto Tesán o el desparpajo irónico de Juan Bonilla.
Para perpetrar una antología poética —ese acto cada vez más parecido al terrorismo literario— es fundamental desplegar una base consistente de poetas que demuestren ser los más valiosos de su generación. Por las higiénicas, púberes y pobremente plasmadas razones de Villena (visto el resultado) se han quedado fuera nombres que ya gozan de prestigio reconocido (Benítez Ariza, Pelayo Fueyo, Silvia Ugidos...) y que exploran más caminos que los aquí representados. No nos engañemos: ¿15 menos 35? ¿20 menos 40? Quizás deberíamos hablar sólo de buena poesía y dejarnos de fórmulas matemáticas fallidas. Los lectores comprometidos con esta causa perdida lo agradecerán.]

NOTAS:

* En la segunda fotografía puede leerse el texto completo del poema al que pertenecen los versos que Palma cita descontextualizándolos sin hacer mayor aclaración, ¿quizá porque —usando sus propias palabras— como semidiós de la crítica, él está [o estaba en aquellos tiempos] por encima de esas bajezas...?

** Se trata del reportaje a doble página Atrapados por los Versos, firmado por José María Goicoechea. Los otros cinco poetas incluidos son Beatriz Hernanz (Pontevedra, 1963), Angel Antonio Herrera (Madrid, 1965), Ada Salas (Cáceres, 1965), Carlos Zanón (Barcelona 1966) y Pablo Méndez (Madrid, 1975). No aparece (o yo no lo he encontrado) en la hemeroteca del diario madrileño, por lo que no he podido poner el correspondiente enlace.


21 de marzo de 2011

Cartas de los editores (I)




Finales de septiembre: [Autor] escribe a [Editor] comentándole que ha seguido desde el principio la trayectoria de su colección de poesía, que admira mucho la labor que la ha convertido en uno de los más interesantes proyectos editoriales del panorama español en este campo; y que, habiendo dado fin a su libro [Título] y pensando en la posibilidad de publicarlo, le gustaría someterlo a su consideración. Sin otro particular, y agradeciéndole de antemano su etc., le reitera su etc., etc., y le envía un cordial saludo.
Finales de noviembre: [Autor] recibe de [Editor] la siguiente carta:

Estimado amigo:
He leído en cuanto he podido —debo decirte que con más rapidez de lo que resulta habitual en estos momentos en [editorial] por la acumulación de originales y la falta de medios— el libro que me remitiste. Te felicito. Sinceramente. Hay una sabiduría en la arquitectura de tus poemas y una honda palpitación que me han hecho disfrutar de sus palabras. En especial, la parte que da titulo al conjunto me parece muy meritoria. Me parece tremendo saber —tú nos lo recuerdas— que [cita versos del libro].
Desgraciadamente, a pesar de las apariencias, [editorial] no está atravesando un momento especialmente feliz. Estamos asumiendo muchísimos riesgos y constato que, a pesar del apoyo de la critica, los lectores o no se enteran o siguen prefiriendo regalar por Navidad el Premio Planeta. Por ejemplo, una novela como [título] de [novelista] está considerada por un selecto grupo de gente como una de las mejores obras de narrativa española de los últimos años. [Suplemento literario] le dedicó media pagina. [Otra editorial] quiso publicarla en la misma colección que Soldados de Salamina y con el mismo tratamiento. Pero, ¿el publico...? Nada, nadie. En estas circunstancias, me veo obligado a ser muy cauto para poder seguir publicando y manteniendo este proyecto. Pero te digo sinceramente que me gustaría que mantuviésemos este contacto que ahora iniciamos, a ver qué sucede en el futuro. Yo te animo —y esto pocas veces lo hago— a que muevas tu libro por premios y otras colecciones que arriesgan. Además de [editorial], también han aparecido otras, por fortuna.
Quedo a tu disposición para cuanto me sea posible. Un abrazo.

Finales de enero: entendiendo de la carta anterior que a [editor] le ha gustado el libro y que el único impedimento para la publicación del mismo es de índole económica, y tras consultarlo con algunos amigos y/o escritores conocidos, así como con personas de la administración de su comunidad autónoma, [autor] escribe nuevamente a [editor] comentándole que si el problema es económico, la consejería de cultura de su comunidad ofrece varias posibilidades que lo subsanarían en gran parte, entre ellas la fórmula de coedición con [editorial pública regional] ya practicada con otros autores y editoriales, o bien las diversas convocatorias de ayudas a la edición, que en ambos casos cubrirían prácticamente los gastos de la misma.
Finales de marzo: [autor] recibe de [editor] esta segunda carta:

Querido [autor], te agradezco los esfuerzos y el interés por facilitar la publicación de tu libro. Son gestos que no se olvidan.
Yo he estado pensándolo bastante durante estas semanas y, al final, tengo que rendirme a la evidencia de que ha llegado la crisis en este inicio de [año]. En relación a la otra carta que te escribí, la situación actual ha empeorado. Hay un exceso de novedades, que se ha convertido en una amenaza para las editoriales. Por tanto, hay que reducir el volumen de publicación, porque el problema ya no es sólo vender o no vender —¡Hamlet!—, sino ahogar a las librerías con novedades o no ahogarlas.
De todas formas, estoy seguro de que un libro como el tuyo —y más con un apoyo económico, porque todo ayuda— no tendrá dificultades en encontrar editor. Lo digo y lo deseo sinceramente.
Otra cosa que se me ocurre son los premios. En la actualidad [editorial] publica los que me parecen adecuados: [premio de poesía] y [otro premio de poesía]. Este último, por diversas razones, me parece bastante idóneo para tu libro. Pero soy consciente de que ello es dilatar la publicación —y, además, todo premio es una lotería, y yo sólo puedo invitar a presentarse, no garantizar nada—, y de que tú, legítimamente, desees ver publicado tu libro cuanto antes.
No sé. Dime algo si te parece. A mí me queda un regusto amargo de todo esto, pero no hay más cera que la que arde. Y el problema es éste: acumular libros o no acumularlos.
Mi más fuerte abrazo.

5 de octubre de 2010

Estrecheces



(Foto: Web de Tusquets Editores © Daniel Mordzinski)

Leo en la última entrada del blog de Elías Moro estas palabras y me gustaría mucho no poder suscribirlas, pero reflejan tan exacta y detalladamente mi situación (y supongo que la de muchas personas) de estos últimos dos años, que no me queda más remedio que hacerlo: 

«De un tiempo a esta parte, y mal que me pese, estoy expurgando mi biblioteca. La maldita falta de espacio se cobra su cuota de dolor en el proceso de elección y abandono de los volúmenes que un día fueron adquiridos con toda ilusión. O recibidos de manos de amigos que pensaron en nosotros. Pero el tiempo, ay, hace su criba en gustos y lecturas y uno no tiene más remedio que desprenderse —como de ciertos amores adolescentes— de un —me cuesta escribir la palabra lastre— equipaje rozado por la vida.» 

En mi caso, a la paulatina criba escrupulosa y posterior donación a bibliotecas o regalo a los amigos, se une la imposibilidad* de ir añadiendo a la biblioteca siquiera alguno de los títulos nuevos que continuamente van apareciendo, especialmente sangrante en lo que a la poesía respecta: Ashbery, Yeats, Laughlin, Plath, Hughes, Atwood, etc., por citar sólo unos pocos nombres entre los extranjeros, y por supuesto muchos de los españoles, entre ellos muchos amigos y/o conocidos, autores ellos mismos, en algunos casos, de las traducciones de los mencionados antes... Es la parte más dura, la más triste y difícil (quizá la única realmente mala) de caminar por los bordes, de llevar un tipo de vida que pocos tildarían de sensato o razonable, pero esa (como repite Ende en La historia interminable, otro de los descartes, por cierto) es otra historia y debe ser contada en otro lugar.

Así las cosas, uno lleva muy mal las tomaduras de pelo que —queriendo o sin quererlo, a sabiendas o no— acaban urdiendo las editoriales en torno a la ya de por sí cara poesía. Un ejemplo concreto: el año pasado, más o menos por estas fechas, salía a la venta Como la lluvia, el segundo de los dos volúmenes en que los editores (Era en México, Visor en España) habían decidido dividir la amplia producción poética de José Emilio Pacheco entre el 2000 y el 2009. El otro volumen, La edad de las tinieblas, todo él de poemas en prosa, había aparecido meses antes en la misma editorial (Visor) y colección (Palabra de honor) y al mismo precio (alrededor de 20 €). Como admirador de su obra y lector fiel del poeta mexicano desde mediados de los ochenta, en cuanto tuve oportunidad compré Como la lluvia, dejando La edad de las tinieblas para mejor ocasión.

Muy poco tiempo después, sin embargo, la editorial Tusquets anunciaba la inminente publicación en España —en fechas próximas a la entrega del Cervantes— de la nueva edición de Tarde o temprano, su poesía completa, editada ya en México por Fondo de Cultura Económica, y las catas en la red no tardaron en confirmarme lo que me temía: sí, efectivamente, esa nueva edición (buen papel, tapa dura, magnífica impresión) incluía Como la lluvia y La edad de las tinieblas, los dos libros publicados sólo unos meses antes en Visor, por un precio doce euros (12 €) inferior en conjunto, y en un volumen que (todo hay que decirlo, estábamos hablando de estrecheces) ocupa en la estantería menos espacio que la suma de aquellos dos.

Como habrán supuesto ya, los responsables de la librería también entendieron mis razones y, pese al tiempo transcurrido (un par de meses no parecen mucho, pero sí pueden ser demasiado tratándose de un cambio o devolución o de libros), aceptaron la devolución de Como la lluvia, o mejor dicho, su cambio por esa nueva y estupenda edición de Tarde o temprano que fue (finales de junio, creo) mi última adquisición hasta el momento por lo que a libros de poesía se refiere.

[*Imposibilidad por razones tanto de espacio como de precio: en los últimos años la poesía ha devenido un lujo caro, y no parece que el libro electrónico vaya a solucionarlo a corto plazo. Un buen ejemplo de lo que digo podría ser Actos de habla de Jaime Siles, publicado por Plaza & Janés. Como se puede ver haciendo clic sobre el título, el libro en papel (56 páginas) cuesta 14.90 €, y en formato electrónico 11.99 €. En cuatro palabras: no-se-han-enterado. Es de esperar que el tiempo y/o las escasas ventas terminen por persuadir a las editoriales sobre lo absurdo de las pretensiones que tales precios dejan entrever.]

19 de septiembre de 2010

Vicente Tortajada (10 menos 30, I)





Yo no le conocí personalmente, ni hablé de él con ninguno de los amigos más o menos cercanos que sí le conocieron y trataron. Por eso nunca he hablado de él ni voy a hacerlo ahora. Cualquiera que tenga interés o curiosidad puede teclear su nombre en el buscador que prefiera y encontrará artículos suyos o sobre él, o panegíricos de cuando murió como este alabando su humanidad, su bonhomía ("una de esas personas irrepetibles que dejan una huella profunda. Inteligente, culto, irónico y generoso [...] que escondía entre sus maneras tajantes un laberinto de ternura"); su personalidad "muy fuerte [...] huraña y muy tierna a la vez. En su conversación había mucha ironía, mucha acidez y un pronto inteligente"; su galante caballerosidad ("Era tan sensible que piropeaba por la calle a las mujeres mayores porque, según confesaba, ya nadie se acordaba de ellas"); o su concepto de la poesía: "Un poema tiene que contener una historia en brevísimos renglones. La exactitud y la matemática son la música y el oficio [...] El surrealismo y la escritura automática a mí no me valen. Tienes que conocer la lengua perfectamente, dominar los límites de la palabra y encajarla en su sitio para poder meter la historia en unos pocos renglones". And so on...

Por mi parte, el único motivo de traerlo aquí ahora es la casualidad de haber encontrado en Google libros la vista previa del nº 17-18 de la revista Renacimiento (1997 - vol.II), donde apareció firmada por él una de las reseñas (a la que pertenece el párrafo de la fotografía) publicadas en su momento sobre 10 menos 30, la antología de L. A. de Villena en la que fui (ya no sé si decir que por suerte o por desgracia) uno de los antologados. Un viejo recuerdo, en fin, del que no tenía copia en papel (aunque la reseña en cuestión fue recogida después en Azahar y vitriolo, uno de esos habituales volúmenes recopilatorios de este tipo de escritos).
No fue, desde luego, la única "alegría" que me deparó esa antología (tiempo habrá de comentar algunas otras), pero sí una de las más "sonadas"...

Las preguntas obligadas son, claro, en primer lugar, ¿por qué la imagen de esta entrada no es una fotografía de la persona cuyo nombre la encabeza?; y más allá de eso: si he dicho por adelantado que no le conocí ni voy a hablar de él... ¿por qué la encabeza su nombre...? Sencillo: porque para mí Vicente Tortajada (que hasta ese momento —finales del 97 o principios del 98— era un señor que había publicado una traducción de los Sonetos de Crimea de Adam Mickiewicz) es desde entonces ese párrafo, esas palabras suyas le retratan mejor que cualquier fotografía.