Alguna vez leímos a Cavafis
creyendo que era un nuevo poeta joven
con ideas magníficas y escaso
sentido de la métrica y el ritmo;
oímos la tormenta musical
—de rara perfección— con que comienza
Otello sin llegarnos a creer
que su autor fuera el mismo de Traviata;
y sentimos —también por vez primera—
el contacto de otra piel y las caricias
tan distintas, de igual a igual,
la audacia de los besos tras la puerta
que en el momento más insospechado
podían haber abierto nuestros padres.
Y aquello no era nada comparado
con lo que vino luego, la ciudad
desconocida y nueva, con su embrujo
de cines, librerías, discotecas
y sólo juventud alrededor:
en clase, por las calles, en las noches,
juventud embriagada de sí misma.
Tanta era que apenas si —mirándola
pasar a nuestro lado, acariciándola,
queriendo hacerla nuestra—, apenas, digo,
si la vimos brillar en nuestros ojos...