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23 de marzo de 2013

JOVEN POETA DE MARCHA


“Tras una semana comprobando que el alcohol, el ruido y el gentío distraen pero no tapan la tormenta interna, una noche en mi casa, en mi pueblo, en mi cama y en silencio. Asusta un poco este puto silencio.”
MANUEL PUJANTE

A Manuel Antonio Sánchez-Pujante Fernández


El alcohol, el ruido y el gentío,
la barahúnda loca de conciencias
vomitando en el suelo —adolescencias
absurdas, demoradas—, griterío

de zanguangos campando a su albedrío,
organizando grescas y pendencias
brutales —sin medir las consecuencias
de sus tercos desmanes—, plumerío

de armarios que te buscan, te magrean
—y de pronto se hacen los machitos
para disimular—, y ahí sentado

—mirando a nadie, absorto y apartado
de cuantos a tu alrededor vocean—
tú, intentando abstraerte entre sus gritos.

23 de marzo de 2012

Cartas de los editores (II)




Finales de noviembre: [Autor] conoce en [ciudad] a [Editor] a través de un cierto número de conocidos comunes y ciertas casualidades que les hacen coincidir y mantener una —aparentemente— agradable conversación durante el desarrollo de un determinado acto cultural, pero —dado que gran parte del mismo consiste en la actuación de un conjunto de cuerda— hablan susurrándose al oído, así que apenas si podemos escuchar —entre empujones, ya a la salida— el final de la conversación: parece que ha girado en torno a un libro titulado La justicia del tiempo que —tras un par de años dándole vueltas— [Autor] presentó hace unos meses antes a un importante y conocido premio, y también que un miembro del jurado al que [Editor] conoce, le ha comentado a [Autor] que el libro alcanzó la [¿...?] votación durante el fallo, celebrado hace unos días... Entre eso y las buenas referencias que sobre él ha recibido de un par de amigos suyos escritores que también viven en [ciudad], parece que [Editor] le ha dicho a [Autor] que le haga llegar una copia del libro.
Finales de noviembre: [Autor] envía La justicia del tiempo a [Editor] y pocos días después recibe de él una felicitación navideña con estas líneas:

Querido [Autor]: Acabo de recibir tu La justicia del tiempo. Ten la certeza de que leeré tus versos con aplicación y cariño.

Principios de febrero: [Autor] recibe de [Editor] la siguiente carta:

[Ciudad], 7.II.97
Querido [Autor]:
Por fin encontré el momento para leer tu "La justicia del tiempo".
Comenzaría diciendo que, tras la lectura de estos poemas, lo que se concluye es que el tiempo no hace justicia, sino que actúa como el peor de los justicieros. Se nos presenta por extenso en este libro a un personaje que, al borde de la pérdida de la juventud y habiendo dedicado gran parte de ésta a la vida nocturna comienza a perder el placer que encontraba en todo eso, el cuerpo y el cerebro se resienten y los paraísos artificiales se acaban convirtiendo en un infierno. En tus poemas se intuye que hay verdad en la confesión personal y un profundo amor y confianza en el poder de la poesía como asidero frente a un mundo en descomposición. Sin embargo hay problemas que convierten este libro en un libro, a mi juicio fallido:
–Sigues un esquema acentual con predominio del endecasílabo y del alejandrino, pero se traiciona en cuanto al ritmo continuamente —por falta de pericia, no por intención— y no consigues en ningún momento dotar de cierta personalidad expresiva a estas nobles formas de la prosodia castellana.
–Se cae, por otro lado, a cada momento en el prosaísmo por un afán de explicitar las cosas sin medida, hasta el punto de que el libro queda en una confesión impudorosa de indudable interés humano, pero de escaso interés poético. Las experiencias aparecen volcadas en el poema como a granel, sin que el lenguaje, las imágenes y la sintaxis se preocupen en ningún momento de elevarlas a categoría poética.
–Sí se percibe, en cambio, un intento de trascender esas experiencias por medio de una meditación que recorre el libro y ofrece conclusiones, pero esas conclusiones son, la gran mayoría de las veces, mucho más el producto de un proceso de autoestima íntimo que el fin de una verdadera elaboración poética de la materia sensible.
En suma, si bien es cierto que demuestras lecturas, y ciertas maneras de vez en cuando, y que se intuye el libro que hubieras deseado escribir, también lo es que éste no es el que tu sensibilidad y experiencia exigían.
Siento mi diagnóstico, pero te siento amigo y a un amigo hay que serle leal y la lealtad obliga a la sinceridad.
Un fuerte abrazo,

 [Firma editor]

8 de marzo de 2012

Madre soltera (Tercer aniversario)




MADRE SOLTERA

Has dado a luz al hijo que querías
tener con él, pero su padre es otro,
y no te importa. Habría sido fácil
llevarle hasta tu cama
y arrancarle —con tu sabiduría
para el sexo y tus mañas de mujer—
esa esencia que tú necesitabas
para rehacer su imagen, confundiéndola
en una sola carne con la tuya...
Muy fácil, sí: tal vez por eso
le dejaste esa noche, de camino
a su casa, en la ciudad donde le
conociste y que él mismo te enseñó.

Esa noche, la última que os visteis
—y sabías muy bien que era la última—,
pensaste que tal vez no mereciera la pena,
que todo lo que había hecho por ti
tenía un interés oculto —ya te había
ocurrido con otros hombres antes—,
que no veía en ti más que a la esposa
que siempre quiso —guapa, inteligente y sumisa—
y no estabas dispuesta a renunciar
a ti misma para colmar tu anhelo,
el deseo que siempre, desde niña,
te había atenazado de ser madre.


Quizá por eso al niño —cuyo padre
es un rostro perdido entre tus piernas,
una noche que casi has olvidado—
le has puesto su nombre, el del que quiso
ser amante y esposo al mismo tiempo,
aquel que en su ignorancia,
pensó que caerías a sus pies y no tuvo
más premio ni castigo que este niño,
al que ha dado su nombre sin saberlo.



[Este poema, escrito hacia 1996, fue uno de los incluidos por L.A. de Villena en mi parte de la antología 10 menos 30. La ruptura interior en la poesía de la experiencia (Pre-Textos, 1997). Forma parte de Las vidas de los otros, un libro en el que ya por entonces llevaba algún tiempo trabajando y que a día de hoy sigue inédito.]

27 de enero de 2012

Respuesta a Mariano Sanz Navarro




Ciertamente lo estoy (vago, de gandul) aunque sin ánimo de justificarme te diré que hay varios factores que contribuyen a que sea verdad ese enunciado. El principal es un curso de Creación y diseño Web que estoy haciendo desde finales de octubre y hasta finales de febrero y que además de las cinco horas diarias de clase (obligatoria) conlleva muchas horas en casa de ejercicios y prácticas... Por encima de eso, sin embargo, diría que más que "estar vago" es que lo soy, y si no propiamente vago o gandul (sé que muchos con quienes he trabajado o colaborado me contradirían) sí demasiado consciente de mi carácter disperso e indisciplinado como para autoimponerme la tarea de ir dando cuenta por escrito de acontecimientos [...], como decía hace algo menos de un año en esta entrada.

Por ejemplo, en la tarde-noche de ayer saltó a las agencias la desafortunada noticia de la muerte de Theo Angelopoulos, y por unos momentos pareció que se revolvía en mi cabeza un texto que de haber salido habría colocado de inmediato aquí en el blog, no puedo decir si evocación en prosa, borrador de poema o qué, me martilleaba en la cabeza un fragmento de diálogo entre dos personajes de una serie que veía hace un par de días: preguntaba uno a la otra si le gustaban los juegos en los que el jugador resulta ridículo, y ella le respondía que la vida es un juego en el que todos resultamos ridículos... Pero el texto, por unas cosas o por otras, no terminó de cuajar. Eso ha ocurrido en muchas ocasiones, y en la mayoría de ellas, a poco que me hayan asaltado con cierto empuje, esas entradas han terminado desplazando a cualquier otra cosas que estuviera haciendo o tuviera la obligación o el compromiso de hacer. Que por unos meses haya dejado de ser así no me preocupa en exceso: si tuviera contrato para publicar en un medio determinado una columna diaria, semanal o con la periodicidad que quieras, no habría tenido más remedio que tirar de ese hilo y forzar la maquinaria para escribir un texto, evocación, obituario emocionado o simple nota de la extensión comprometida, pero no es el caso, así que cuando un asunto o idea no viene con el brío necesario como para hacerme dejar lo que sea que esté haciendo, prefiero dejarlo correr...

Con todo, aprovecho el pequeño respiro de dos días que me concede la festividad católica del sumateológico Tomás de Aquino para intentar saciar tu sed siquiera con estas pocas líneas, y hasta puede que rellene alguno de los huecos a los que me refiero a continuación. La verdad es que acaricio la idea de trasladar al blog los comentarios y/o conversaciones que sobre diversos temas voy dejando aquí y allá dispersos en Facebook o Twitter y seguir añadiendo series de poemas, que por ejemplo la del "Cuaderno del 93" tiene a fecha de hoy dos entradas pendientes de rellenado, o sea, publicadas vacías, sólo con el título y una determinada fecha (aunque en esto se puede hacer trampa) por aquello de que cuando decidí que iba a poner tal poema del cuaderno en tal día concreto resultó que, o bien no encontraba la versión primera (distinta de la publicada después en libro) que quería poner; o —en el caso de la del 2 de noviembre, mi cumpleaños— había publicado el día anterior —el 1, su cumpleaños— una entrada-homenaje a Soren Peñalver con un poema suyo, y no quería añadir inmediatamente la que tengo prevista desde hace tiempo (precisamente el poema titulado Dos de noviembre), más aún teniendo en cuenta que la media de actualización del blog rondará los veinte días y que regular o previsible son conceptos que podría/debería haber añadido en la entrada antes mencionada entre las cosas que este blog no es.

Te contaría en secreto (si no fuera casi vox populi, de las muchas veces que lo he contado ya a los amigos poetas) que el mes de enero de 2010 lo dediqué casi por completo a pasar al ordenador una gran cantidad de borradores de poemas que andaban dispersos entre cuadernos y papeles de diverso tipo (desde folios sueltos a servilletas de bar, pasando por entradas de fiestas en discotecas, recetas médicas —las llamadas copias para el paciente—, etc.) correspondientes al período comprendido entre 1999 y 2009; dado que no recordaba los poemas que había ido escribiendo en esos años —algo habitual y/o sistemático en mí— y teniendo en cuenta las muchas y agradables sorpresas que me llevé, lo lógico habría sido aprovechar ese impulso para (sin perjuicio de mayores y más detalladas correcciones) dar forma a por lo menos uno de los dos libros que claramente entreveía en el conjunto e, incluso, empezar a moverlo por editoriales y/o concursos, por poca que sea la fe que a estas alturas tengo en unas y otros.

Esto es al menos lo que creo que habría hecho cualquiera en mi lugar, pero no yo: aquí cerca de mí, encima del brazo de un sillón, está la misma carpeta azul con los mismos casi doscientos folios llenos de tachaduras de bolígrafo nego, rojo o azul, testigos de las varias ocasiones en que desde entonces me he puesto a la tarea sin lograr llevarla a término... ¡Cuidado!, no quiero con esto decir que tenga prisa por publicar esos poemas/libros (y si la tuviera daría igual, porque ningún editor tiene tampoco interés por —ni me temo que dinero para— editarlos), sólo lo mencionaba como ejemplo de actitud para con algo que me resulta imprescindible (la poesía) frente a otra cosa (el blog) que me importa pero no tanto...

En fin, que por unas cosas o por otras siempre voy encontrando —como ves— excusicas para seguir cimentando una fama de procrastinador impenitente que en absoluto me favorece pero contra la que —con estos mimbres— me resulta cada vez más difícil luchar...

Ya seguimos, un abrazo.

8 de septiembre de 2011

Ocho de septiembre




Tantas lágrimas cubren aquel sitio,
tus palabras —aquel me gustas mucho
burlón que aún suena a gloria—,
aquel primer matiz como de hazaña
furtiva y pasajera, el aire frívolo
de aquel beso primero, tu colchón
en el suelo y tus sábanas de raso,
y aquella noche larga en la que hicimos
de todo y sobró tiempo para hablar y reírnos.

La magia del inicio, sustraída
por el velo tenaz del desencanto,
necesito invocar en estas noches
que no me pertenecen,
estas horas perdidas deambulando
de un libro para otro, buscando algún sosiego
donde sólo una suerte de aflicción
despoja de sentido las palabras,
los gestos, el silencio y el inmisericorde
trasiego de inquietudes;
invocarla en defensa tuya y mía, por que sola
perdure entre nosotros, evitándonos
la tibia enemistad de la distancia.

Ven a verme y recuerda
conmigo aquella magia, recuerda que aun ahora
nos eriza la piel un ansia grande
de fundirnos en uno, y sólo el miedo
nos libra de cumplirla, interponiendo
la amargura presente.
                                             Ven a verme
y aquí cuando me mires no habrá ese sentimiento
de lejana tristeza y de impostado
dolor, sino el momento primero, que nos salva
entre la lucidez y entre el vacío.

[Mayo-junio, 1990 - enero, 1991]

2 de mayo de 2011

La justicia del tiempo (Desechados, I)


La justicia del tiempo fue el último de los sucesivos proyectos de libro en los que entre 1991 y 2003 fui disponiendo los poemas escritos a lo largo de esos años, como explicaba en 1997 en una redacción previa (que no llegó a publicarse) de la 'Nota del autor' de Treinta poemas:

«En esos años seguía escribiendo poemas y reuniéndolos en libros, de los que más tarde, cuando dejaban de satisfacerme, fui separando los textos que parecían funcionar mejor en el siguiente; así nacieron —y murieron— sucesivamente 'Bienvenida la noche', 'Con tanta claridad', 'El legado de Hamlet', 'La vida razonable' y 'La justicia del tiempo'.»

El título era el de uno de los poemas incluidos, que más tarde fundí con otros dos o tres en una versión larga de Conozco la comedia (en 2003, para Bienvenida la noche). Es éste:

LA JUSTICIA DEL TIEMPO

Todos hemos gozado de esas noches
en que un cuerpo inmaduro
se presta dócilmente a los caprichos
de nuestra perversión.

Y después le hemos dicho puedes irte,
le hemos dado un jersey para que no
pase frío hasta casa y hemos ido
a darnos una ducha.

Sabemos, sin embargo, que esas noches
se nos devolverán: en el recelo
de otra mirada joven apartándose
resuelta de nosotros.



Como es habitual, el libro pasó por varias fases, las primeras más cercanas a la estructura y contenido del anterior La vida razonable, y las últimas anticipando bastante claramente la estructura y contenido de El legado de Hamlet publicado por la editorial Renacimiento en 2003. En ambos estadios constaba de un poema a modo de prólogo (Atardecer con Wallace Stevens) y tres secciones, 'Autorretrato en negativo', 'En la casa de ayer' y 'La vida razonable', pero más adelante la suite central de poemas de amor quedó fuera (se publicaría en 2003 como sección II de Bienvenida la noche), ocupando 'La vida razonable' su lugar y 'El legado de Hamlet' entró a formar parte del conjunto como tercera y última.

Los poemas que en uno u otro momento formaron parte de las secciones 'Autorretrato en negativo' y 'La vida razonable' fueron los siguientes*: Después del carnaval, Brideshead Revisited, Prometeo, El tema de la vida, Olor del tiempo, Una carta de amor, Poeta menor, La llave dorada, Autorretrato en negativo, Umbral de la ignorancia, El fin de los buenos tiempos, Odisea, libro XXV, Un poeta español prevé su muerte, Aquí la juventud, Rehabilitación, Dos de noviembre, Senderos del amor, Los símbolos menores, Canción de la amargura, Las monedas del tiempo, Para ti, para entonces, Las risas y las lágrimas, Realismo sucio, La justicia del tiempo, La vida razonable, Ayer, mañana, hoy mismo, Dulces pájaros de juventud y Contradanza ritual para los muy sabios desde los días de crisis de la treintena.

[*NOTA: La mayoría fueron publicados en 2003-2004 en Bienvenida la noche, El legado de Hamlet o Una canción extranjera, algunos de ellos (marcados en azul) integrados en poemas más largos y por tanto sin el título con el que aparecen aquí. El fin de los buenos tiempos está incluido en Treinta poemas, y los marcados en rojo siguen inéditos.]

21 de marzo de 2011

Cartas de los editores (I)




Finales de septiembre: [Autor] escribe a [Editor] comentándole que ha seguido desde el principio la trayectoria de su colección de poesía, que admira mucho la labor que la ha convertido en uno de los más interesantes proyectos editoriales del panorama español en este campo; y que, habiendo dado fin a su libro [Título] y pensando en la posibilidad de publicarlo, le gustaría someterlo a su consideración. Sin otro particular, y agradeciéndole de antemano su etc., le reitera su etc., etc., y le envía un cordial saludo.
Finales de noviembre: [Autor] recibe de [Editor] la siguiente carta:

Estimado amigo:
He leído en cuanto he podido —debo decirte que con más rapidez de lo que resulta habitual en estos momentos en [editorial] por la acumulación de originales y la falta de medios— el libro que me remitiste. Te felicito. Sinceramente. Hay una sabiduría en la arquitectura de tus poemas y una honda palpitación que me han hecho disfrutar de sus palabras. En especial, la parte que da titulo al conjunto me parece muy meritoria. Me parece tremendo saber —tú nos lo recuerdas— que [cita versos del libro].
Desgraciadamente, a pesar de las apariencias, [editorial] no está atravesando un momento especialmente feliz. Estamos asumiendo muchísimos riesgos y constato que, a pesar del apoyo de la critica, los lectores o no se enteran o siguen prefiriendo regalar por Navidad el Premio Planeta. Por ejemplo, una novela como [título] de [novelista] está considerada por un selecto grupo de gente como una de las mejores obras de narrativa española de los últimos años. [Suplemento literario] le dedicó media pagina. [Otra editorial] quiso publicarla en la misma colección que Soldados de Salamina y con el mismo tratamiento. Pero, ¿el publico...? Nada, nadie. En estas circunstancias, me veo obligado a ser muy cauto para poder seguir publicando y manteniendo este proyecto. Pero te digo sinceramente que me gustaría que mantuviésemos este contacto que ahora iniciamos, a ver qué sucede en el futuro. Yo te animo —y esto pocas veces lo hago— a que muevas tu libro por premios y otras colecciones que arriesgan. Además de [editorial], también han aparecido otras, por fortuna.
Quedo a tu disposición para cuanto me sea posible. Un abrazo.

Finales de enero: entendiendo de la carta anterior que a [editor] le ha gustado el libro y que el único impedimento para la publicación del mismo es de índole económica, y tras consultarlo con algunos amigos y/o escritores conocidos, así como con personas de la administración de su comunidad autónoma, [autor] escribe nuevamente a [editor] comentándole que si el problema es económico, la consejería de cultura de su comunidad ofrece varias posibilidades que lo subsanarían en gran parte, entre ellas la fórmula de coedición con [editorial pública regional] ya practicada con otros autores y editoriales, o bien las diversas convocatorias de ayudas a la edición, que en ambos casos cubrirían prácticamente los gastos de la misma.
Finales de marzo: [autor] recibe de [editor] esta segunda carta:

Querido [autor], te agradezco los esfuerzos y el interés por facilitar la publicación de tu libro. Son gestos que no se olvidan.
Yo he estado pensándolo bastante durante estas semanas y, al final, tengo que rendirme a la evidencia de que ha llegado la crisis en este inicio de [año]. En relación a la otra carta que te escribí, la situación actual ha empeorado. Hay un exceso de novedades, que se ha convertido en una amenaza para las editoriales. Por tanto, hay que reducir el volumen de publicación, porque el problema ya no es sólo vender o no vender —¡Hamlet!—, sino ahogar a las librerías con novedades o no ahogarlas.
De todas formas, estoy seguro de que un libro como el tuyo —y más con un apoyo económico, porque todo ayuda— no tendrá dificultades en encontrar editor. Lo digo y lo deseo sinceramente.
Otra cosa que se me ocurre son los premios. En la actualidad [editorial] publica los que me parecen adecuados: [premio de poesía] y [otro premio de poesía]. Este último, por diversas razones, me parece bastante idóneo para tu libro. Pero soy consciente de que ello es dilatar la publicación —y, además, todo premio es una lotería, y yo sólo puedo invitar a presentarse, no garantizar nada—, y de que tú, legítimamente, desees ver publicado tu libro cuanto antes.
No sé. Dime algo si te parece. A mí me queda un regusto amargo de todo esto, pero no hay más cera que la que arde. Y el problema es éste: acumular libros o no acumularlos.
Mi más fuerte abrazo.

12 de marzo de 2011

Tsunami


(Arrasando costa de Iwanuma,  norte de Japón © AP Photo/Kyodo News/El Pais)


 TSUNAMI

Sólo una intención, un caudaloso
océano que anega de repente,
cultivos o jardines, casas, vidas,
destrucción repentina, limo fértil,
los abrazos y lágrimas que siguen,
los gritos, las sirenas,
helicópteros, aspas, torbellinos
de barro levantándose
sobre el breve hormiguero horrorizado
y una nota pedal: el ominoso
sonido —sordo y seco— de la lengua
de mar arremetiendo contra todo...
Después silencio y humo.

A pocos metros, cientos de objetivos
en busca de la imagen
más impactante, añaden poco al puro
espectáculo de la naturaleza
mostrando su dominio,
dictando una vez más su ley, haciendo
valer su poderosa
razón irracional frente a nosotros.

Sólo una intención sin meta, ajena
a dolor o piedad humana alguna,
altiva, inexorable, indiferente.

19 de mayo de 2010

Catorce




La mirada extendida sobre el blanco,
preocupada por la futilidad, reconociéndose
en la futilidad y reteniendo despojos
 
de frutos y semillas, construyéndose sobre,
estructurándose desde los despojos,
el asfalto mudable trascendido
y elevado a metáfora confusa
del silencio sobre el que se disponen
y ordenan: hojas secas, vainas rotas,
vacías o aún cargadas de promesas
que pronto serán nada, tal vez como el amor,
cuyos senderos —parecen sugerir
los catorce parcos versos—, conducen
a un refugio final que es el recuerdo,
cuyos contornos significan
pero callan y en esa extraña forma
del silencio contienen todavía
—como algunas de esas vainas caídas—
simientes que no habrán de germinar,
de antemano abocadas a una extraña
forma de traición a su naturaleza.

Semillas, sueños, pasos, acritud
indecible de un paisaje cifrado
en su miseria y en su desolación,
en la indefinición de sus contornos
y en la ausencia de marco, de paisaje,
de trama natural donde poder
situar sus elementos, imbricarlos
y ofrecerlos de forma diferente a la mirada.


[Escrito para la exposición homónima de Antonio Gómez Ribelles en la Galería Bisel (Cartagena, 22/IV-10/V de 2010) a la que pertenece el cuadro reproducido arriba, y en cuyo catálogo ha sido publicado.]

12 de mayo de 2010

Museo arqueológico


Como débiles muestras,
indudable caricia de los gestos,
se expone el arte nuestro irrepetible
de las horas distintas:
                                            el sol de las mañanas,
las pinturas y el tiempo entre los bronces,
el pasado mirándose sin luz y el diminuto
consuelo de los ojos,
la trampa del silencio acumulando
salobres emociones, la escalera
que baja hacia la sombra sembrada de momentos,
de bocetos impropios, sin valor y sin firma,
la ceniza vestida de palabras
y el brillo indiferente
de su pálido gris tan ordenado.