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19 de mayo de 2010

Catorce




La mirada extendida sobre el blanco,
preocupada por la futilidad, reconociéndose
en la futilidad y reteniendo despojos
 
de frutos y semillas, construyéndose sobre,
estructurándose desde los despojos,
el asfalto mudable trascendido
y elevado a metáfora confusa
del silencio sobre el que se disponen
y ordenan: hojas secas, vainas rotas,
vacías o aún cargadas de promesas
que pronto serán nada, tal vez como el amor,
cuyos senderos —parecen sugerir
los catorce parcos versos—, conducen
a un refugio final que es el recuerdo,
cuyos contornos significan
pero callan y en esa extraña forma
del silencio contienen todavía
—como algunas de esas vainas caídas—
simientes que no habrán de germinar,
de antemano abocadas a una extraña
forma de traición a su naturaleza.

Semillas, sueños, pasos, acritud
indecible de un paisaje cifrado
en su miseria y en su desolación,
en la indefinición de sus contornos
y en la ausencia de marco, de paisaje,
de trama natural donde poder
situar sus elementos, imbricarlos
y ofrecerlos de forma diferente a la mirada.


[Escrito para la exposición homónima de Antonio Gómez Ribelles en la Galería Bisel (Cartagena, 22/IV-10/V de 2010) a la que pertenece el cuadro reproducido arriba, y en cuyo catálogo ha sido publicado.]

12 de mayo de 2010

Museo arqueológico


Como débiles muestras,
indudable caricia de los gestos,
se expone el arte nuestro irrepetible
de las horas distintas:
                                            el sol de las mañanas,
las pinturas y el tiempo entre los bronces,
el pasado mirándose sin luz y el diminuto
consuelo de los ojos,
la trampa del silencio acumulando
salobres emociones, la escalera
que baja hacia la sombra sembrada de momentos,
de bocetos impropios, sin valor y sin firma,
la ceniza vestida de palabras
y el brillo indiferente
de su pálido gris tan ordenado.